
Noche en blanco
Madrugada sin sueño. Me acuesto agotada, con los párpados pesados, aunque percibo que mis ideas, lejos de desvanecerse, cobran dureza. Siento una roca dentro de mi cabeza. Auxilio. Inicio la rutina contra el desvelo, previo a que surjan los temores y las preocupaciones densas entre las sombras nocturnas. Inhalaciones intensas. Aún más intensas. Más. Siento asfixia. Suelta. Revisión psicológica de abajo hacia arriba para destensar el organismo. Me indico: siente la carga de tu pie izquierdo, y continúo. Ningún resultado.

La madrugada transcurre inerte. Las preocupaciones deambulan libremente por el páramo de la vigilia, una tras otra, cual liebres en el terreno árido. Quisiera abatirlas. ¿A qué se debe que el pensamiento en tinieblas se aferre a lo negativo? ¿Por qué resulta inviable sostenerse en lo positivo durante este trance de fragilidad aguda? Inhalaciones. Percibe la pesadez de tu maxilar. Mi quijada funciona como una prensa. Una persona me sugirió imaginar un fruto por cada letra del alfabeto para conciliar el sueño plácidamente. Albaricoque, banana, ciruela, dátil, suavidad, por piedad, con la e únicamente surge espinaca, fresa, la granada se me dificulta, me siento agotada, huevo, idiota, jamón. No es sencillo el ejercicio de los vegetales en esta condición de fatiga nerviosa. Albaricoque, batata, coche. Suficiente. Comienzo a sentir apetito.
Mi danza de espectros resulta una nimiedad comparada con el desvelo que sufren los pequeños de Groenlandia.
Prendo la lámpara y tomo la obra de Natalia Ginzburg que estoy consultando. No me percato de que su título es Las palabras de la noche, qué curiosidad. Por lo menos sustituyo mis preocupaciones por las de los habitantes de una aldea italiana. No obstante, su prosa posee una cadencia notable. En este fragmento aparecen los fascistas y aquello difícilmente contribuirá a que me duerma. Extingo la iluminación y me hundo entre las sábanas extenuantes. Reflexiono sobre el océano. Trato de aferrarme al vaivén de las olas. Que nada más logre penetrar en mi mente.
Sin embargo, el pequeño de al lado está sollozando. Todavía existen infantes, reflexiono, en medio de esta penumbra, y siento deseos de romper en llanto. En ese instante evoco a los menores de Groenlandia, de quienes se dice que son incapaces de dormir. Mi danza de espectros resulta una nimiedad comparada con la vigilia de los niños de Groenlandia. Tal vez frente a ellos surge el rostro enrojecido del demente estadounidense. El lactante del vecino gime sin consuelo mientras una chiquilla de mirada oblicua se ha deslizado en mi lecho. De alguna manera, logramos conciliar el sueño apenas cinco minutos antes de que la alarma comience a sonar.
