Opinión

Elogio del pelota

El mundo no se mueve por ideas, ni por principios, ni siquiera por intereses bien disimulados. El planeta avanza gracias a ellos: los pelotas. Esos seres de columna vertebral flexible, mirada húmeda y verbo siempre dispuesto a asentir. Sin los pelotas, el mundo sería un caos. Con ellos, al menos, es previsible.

Maria Corina Machado en Oslo 
Maria Corina Machado en Oslo Lars Martin Hunstad / Bloomberg

Donald Trump los colecciona. Los atrae como la luz a las polillas. Aparecen en fila, todos con la misma frase en la boca: sí, señor. María Corina Machado, por ejemplo, ha decidido que la mejor manera de enfrentarse al chavismo es rendirse antes ante Trump. Le entrega admiración preventiva, obediencia anticipada y, si hace falta, el Nobel de la Paz envuelto en papel de regalo. Delirante. Trump, agradecido como siempre, no le concedió ni cinco minutos de agenda. Ser pelota no garantiza ­reciprocidad, solo humillación ordenada.

Sin los pelotas, el mundo sería un caos; con ellos, al menos, es previsible

Delcy Rodríguez juega en otra liga: la del teléfono. Descuelga el auricular directo a la Casa Blanca, escucha, toma nota y cuelga. No protesta, no replica, no pregunta, no revoluciona. Callar es una forma superior de inteligencia. Obedecer es el nuevo multilateralismo. “Lo que usted diga, presidente”.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha entendido el mecanismo perfectamente. Sonríe, asiente, celebra ocurrencias y evita gestos que puedan interpretarse como pensamiento propio. El resultado: Trump le palmea la espalda y Rutte le da las gracias por existir. El pelota no busca resultados; busca aprobación aunque no llegue nunca.

Este fenómeno no es exclusivo de la política internacional, también existe en versión futbolística. Álvaro Arbeloa con Florentino Pérez es un tratado clásico de vasallaje moderno. No es necesario levantar la voz ni marcar perfil propio. Basta con estar ahí, fiel y agradecido. “Los que pitan a Florentino no quieren al Madrid”.

El pelota no cuestiona. El pelota no incomoda. Trump lo sabe y por eso controla la geopolítica pero sobre todo domina algo más eficaz: el deseo ajeno de agradarle. No necesita aliados, le bastan aduladores.

Y así va el mundo: lleno de líderes que se creen estrategas cuando solo son excelentes pelotas con poder. Y a cambio, una palmada, un tuit… o el silencio, que también es una forma de demostrar poder.

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