Opinión

Lo de Ayuso con Julio Iglesias

Isabel Díaz Ayuso no ha comparecido para opinar sobre Julio Iglesias, sino para trazar un perímetro, marcar terreno. Lo hizo antes ya con Plácido Domingo. No se trata tanto de defender a una persona concreta: hay que custodiar una categoría. La de hombres cuya biografía no admite interrogatorios. Figuras a las que el éxito convierte en patrimonio y, como tal, debe blindarse.

 
 Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

El método resulta reconocible. Ante acusaciones incómodas, Ayuso evita el detalle. Fíjense cómo rehúye referirse al caso, a las gravísimas acusaciones de abuso sexual que ahora la Fiscalía de la Audiencia Nacional investiga. Prefiere elevar el conflicto a una batalla cultural donde siempre hay un enemigo útil: la izquierda moral, el feminismo punitivo, la cancelación como amenaza abstracta. El foco se desplaza. Ya no importa qué se denuncia, sino quién se atreve a hacerlo.

Julio Iglesias aparece así reducido a un eslogan: “El cantante más universal”. Plácido Domingo, a una trayectoria en la lírica incontestable. La maniobra puede funcionar o no (el tenor acabó confesando), pero es tramposa porque convierte la obra en escudo, la trayectoria en coartada, la admiración colectiva en argumento político. Así, cualquier pregunta queda automáticamente deslegitimada por inoportuna.

Ante acusaciones incómodas, Ayuso prefiere elevar el conflicto a una batalla cultural donde siempre hay un enemigo útil

Ayuso entiende bien el clima que explota. Un sector del país vive la revisión del pasado como una ofensa personal, como si cada denuncia cuestionara no solo a un artista, sino una forma de vivir, de admirar. De mirar hacia otro lado. Defender a estos hombres equivale a tranquilizar a ese público. Nadie va a entrar en el salón a mover los muebles.

Por eso su discurso no entra en el lenguaje jurídico y se instala en el emocional. Habla de hartazgo, de linchamientos y de campañas. Nunca de hechos. Mucho menos de mujeres. Nombrarlas rompería la cómoda narrativa del exceso ideológico y obligaría a descender al terreno de los testimonios. Mejor disolver a las víctimas en el ruido. Ignorarlas. Despreciarlas.

Hace además una defensa implícita de un mundo que funcionó durante décadas sin demasiadas preguntas y que hoy se resquebraja. El del poder masculino, el éxito sin rendición de cuentas, los silencios asumidos como peaje del artista. Revisar a Iglesias o a Domingo implica abrir una grieta en ese decorado. Y Ayuso, que gobierna desde la confrontación y la nostalgia, no puede permitirse esa fisura. Todo deriva en una erosión peligrosa del debate público que reproduce la lógica trumpista, con la que compite con Vox. Más que hombres, Ayuso defiende un mundo donde estos no tienen que explicarse. Y ese mundo sigue teniendo muchos votantes.

Susana Quadrado Mercadal

Susana Quadrado Mercadal

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Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1. Premio Pedro Vega de Periodismo (2025)

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