Opinión
Andreu Mas-Colell

Andreu Mas-Colell

Economista. UPF. BSE

Trump, China y la democracia en Europa

La democracia como valor universal está en entredicho. En Europa, además de las im­pugnaciones internas, recibimos, por la vía del ejemplo, una política que viene de Estados Unidos y una económica que viene de China.

 
 KIRILL KUDRYAVTSEV / AFP

Es muy probable que haya aspectos de las iniciativas del presidente Trump con un impacto duradero. En política exterior, situar el interés nacional sobre cualquier otra consideración o la focalización estratégica en la rivalidad con China. En política interior, una retirada en la centralidad de las políticas de diversidad, y quizá unas políticas de inmigración más restrictivas que las de Biden. Son aspectos con apoyo pasivo amplio de la opinión pública y que, unidos a la incompetencia demócrata en la selección del candidato, ayudaron a que Trump tuviera el 47,2% del voto. Todo ello es compatible con un régimen democrático. 

El Reino Unido ha hecho virtud de no tener amigos permanentes, sino intereses permanentes (doctrina Palmerston). Ni todos los votantes de Trump aprueban su extremismo –por ahora las encuestas indican que exigir Groenlandia a un aliado de la OTAN tiene un apoyo muy minoritario– ni la democracia de EE.UU. Está desarmada ante su asalto. 

Trump tiene prisa porque sabe que tiene poco tiempo. En el que tiene, todo apunta que no podrá ni ahogar la prensa independiente –directamente o vía aliados con dinero–ni impedir elecciones limpias. Tampoco podrá deshacer, en un periodo tan corto, el sistema de garantías judiciales. Y por más que tenga mayoría en la Corte Suprema, no es obvio que tenga mayoría sólida para el extremismo. La democracia en EE.UU. Sobrevivirá a Trump. En cualquier caso, me inclino a pensar que su ejemplo restará más que sumará al populismo europeo. Lo sabremos pronto.

La impugnación china es más sutil. El medio siglo de crecimiento continuado de China ha sido espectacular y admirable. Para Europa se ha convertido en competidor económico de primera magnitud, con la ventaja de ser más favorable que Trump a un orden económico mundial basado en reglas. Se puede argumentar que la consecución se da por la capacidad de planificación y decisión propia de un régimen autoritario. La comparación con la lentitud y propensión desmoralizadora al bloqueo de Europa es un argumento que puede dar alas a opciones no democráticas.

Es una falacia asociar un futuro europeo de vigoroso progreso económico con limitaciones a la democracia

En los años cincuenta EE.UU. Se encontró en una situación similar. La URSS, con planes quinquenales, colocaba satélites en el espacio, crecía más que EE.UU. Y se vanagloriaba de que pronto lo superaría. ¿ Sería cierto? En 1960 Henry Wallich, un economista republicano, publicó The cost of freedom, libro que, con matices, llegaba a la conclusión de que quizá sí, pero que el valor superior de la libertad y la democracia compensaba ese coste. 

¿Es así hoy en Europa respecto a China? ¿ Hemos de aceptar que la democracia es un coste que asumir? En el día a día creo que, efectivamente, sí. Pero en una mirada más larga la evidencia no se da. En primer lugar, la historia anuló la disyuntiva de Wallich. Más allá del efecto inicial de crecimiento por recuperación del descalabro de la guerra, la economía dirigida de la URSS se demostró muy ineficiente. Al fin no resistió la competencia de Occidente y colapsó. 

¿Se repetirá la his­toria con China? Parece evidente que no. En contraste con la URSS, el sistema económico de China ha sabido transformarse hacia una economía de mercado. La experiencia indica que los dirigentes saben lo que hacen y son muy competentes. Además, no deseo que pase. Una gran crisis económica en China no sería buena para los ciudadanos chinos ni para el mundo.

Prefiero negar la mayor por vía del ejemplo. La economía de EE.UU. Ha llegado con democracia al liderazgo mundial. Y China no es el único país asiático que ha prosperado económicamente. Lo han hecho Taiwán, Corea del Sur y Japón, que son, hoy, democracias sólidas. También India tiene un crecimiento económico importante y, aunque con alguna pulsión autoritaria, se mantiene como una democracia robusta.

En definitiva: es una falacia asociar un futuro europeo de progreso económico vigoroso con limitaciones a la democracia. Tanto el ejemplo de China como el de EE.UU. Más bien sugieren que la limitación radica en una fragmentación económica que habría que superar.

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