Opinión

¿Es ‘cool’ hacer turismo?

Comencemos con la contradicción: para mis conocidos (tanto pudientes como humildes) los viajes representan una garantía esencial, de igual modo que ninguno se identifica realmente como un visitante y todos observan con inquietud las consecuencias dañinas de dicha práctica. Ciertos individuos asisten a convenciones y, aprovechando la ocasión, extienden su estancia unas jornadas adicionales. Otros se niegan a faltar al tour más reciente de Taylor Swift y, de paso, exploran el ambiente primaveral en Estocolmo. Asimismo, están quienes persiguen con entusiasmo las muestras artísticas destacadas de la temporada que, a su juicio, “no se pueden perder”, y, por supuesto, hay quienes validan el vuelo por la urgencia de descubrir y observar presencialmente el glaciar final o la nación en desarrollo de turno. En definitiva, todos se desplazan prácticamente con la misma frecuencia con la que rechazan el turismo de masas, la superficialidad y el cambio climático global.

 
 Àlex Garcia

Es sabido que para muchos ciudadanos viajar es una especie de receso respecto a una vida cotidiana que les angustia o que simplemente les aburre. Para otros, vagar por esos mundos de Dios es la única manera de conseguir apreciar, por fin, lo bien que se está en casa o, si se quiere, el camino que todavía les queda para alcanzar una vida buena. También hay aquellos a quienes una determinada experiencia turística les ha comportado una especie de epifanía, un punto de inflexión a partir del cual han conseguido dar sentido a sus vidas, comprometiéndose, desde entonces, con su gato o con el vecino de enfrente. A veces hay que dar la vuelta al globo para saber apreciar el Born.

España es un país turístico, porque nos gusta viajar y descubrir cosas y, aún más, porque sabemos que se lo debemos todo al turismo. Y es que hay que tener muy mala memoria para creer que sin turistas viviríamos mejor. ¿O acaso hemos olvidado cuántos catalanes se morían de hambre hasta que el abuelo y un socio capitalista pudieron convertir su huerto destartalado en un camping de cuatro estrellas, o una pensión mugrienta, apenas con baño y sin licencia, en un hotel lujoso? ¿Se acuerdan de cómo era la programación de nuestros teatros y museos antes de poder contar con público internacional?

La práctica de los desplazamientos genera ventajas culturales y políticas tanto para los turistas como para la comunidad que les da acogida.

De acuerdo con las cifras de la mesa sectorial, para el año 2026 la nación se prepara para acoger a casi cien millones de viajeros. Dentro de los territorios que encabezan esta tendencia, sobresale, por supuesto, Catalunya y de forma particular Barcelona, que hoy en día es la séptima urbe con mayor afluencia de Europa. Personas de diversos rincones del planeta, sobre todo norteamericanos, asiáticos y árabes, desean experimentar directamente nuestro clima y costas, el diseño arquitectónico, los centros culturales y tradiciones, además de analizar opciones de inversión, facilitar la formación académica de sus descendientes o que algún familiar se someta a una cirugía de cadera en la Teknon o la Quirón.

Pese a que las estadísticas financieras (incidencia en el PIB, fomento del trabajo, inversión en las pernoctaciones…) que demuestran las virtudes del negocio turístico resultan aplastantes, por indiscutibles, mantengo la convicción de que el aspecto más favorable del turismo no se vincula exclusiva ni esencialmente con razones pecuniarias, sino más bien con las utilidades culturales e incluso ideológicas que genera la práctica de viajar, tanto para los visitantes como para el entorno que los acoge. Si albergan dudas, traigan a la memoria, por ejemplo, lo dispar que era el concepto de evolución en los años sesenta, según se residiera en una localidad de sierra o en la franja costera, más velozmente permeable a las corrientes de fuera. Mientras que para los de arriba la vanguardia se reducía a contemplar al sacerdote trocar la vestidura por un clergyman, para los de la orilla, en cambio, la prosperidad la personificaban chicas suecas en topless, cual la Marianne de Delacroix, emblemas de autonomía femenina y de democracia.

Por estas y muchas otras razones, es fundamental que nuestras autoridades persistan en su propósito de gestionar, gestionar y gestionar el turismo, desarrollando con el máximo consenso posible los distintos instrumentos de planificación y regulación hotelera, la presencia de cruceros e incluso las controvertidas tasas sobre pernoctaciones. Porque todos queremos seguir viajando, recibir millones de turistas y que la experiencia sea cool, genuina y, sobre todo, coherente con nuestros principios e idea del mundo. ¿La alternativa? Regresar a nuestras fobias y miserias de siempre, que son las que parece que próximamente van a pasar por nuevas.