
Una parábola explosiva
FUTURO S IMPERFECTOS
La película Sirât resulta tan fascinante como extraña . Atrapa al espectador desde el primer minuto o este la aborrece solo empezar. Me encantaría que ganara el Oscar a la mejor película internacional porque estoy convencido de que lleva un mensaje encriptado. ¿Y si Sirât fuera una metáfora del mundo actual? ¿Y si la multitud de la rave fuera la alegoría del planeta bailando al ritmo que le marca la banda de músicos descerebrados que mueve nuestras vidas? ¿Y si el desierto en el que se desarrolla fuera la hipérbole del páramo en el que estamos convirtiendo las relaciones humanas? ¿Y si este campo de minas que de repente se encuentran los protagonistas en mitad de la nada fuera la parábola de la política explosiva que amenaza con hacerlo saltar todo por los aires?

Es curioso, pero en el filme casi no hay diálogos. No hay debates, ni reflexiones. Las cosas pasan y los protagonistas avanzan por el desierto como pueden, sin un rumbo fijo. No huyen, pero no saben demasiado bien qué buscan. A lo sumo, otras rave . Sin saberlo avanzan hacia Sirât , que según el islam es un puente metafórico sobre el abismo del infierno que conecta el mundo terrenal con el más allá. Un puente físico que todas las almas deben cruzar el día de la resurrección para llegar al paraíso. Un puente que es más delgado que un cabello y más afilado que una espada. Y que se cruza con la velocidad de un relámpago o se cae a las brasas del infierno solo dar el primer paso, de acuerdo con cómo uno se ha comportado en la vida.
‘Sirât’, casi sin diálogos, tiene un mensaje encriptado sobre el mundo actual
Carlos Boyero, el implacable crítico cinematográfico de El País al que le gustó la película, ha escrito que la cinta refleja un estilo de vida, de quienes no quieren participar de un mundo atrapado por los miedos y amenazas de políticos sin escrúpulos. El aislamiento de los raveros es una forma de escapar de esta realidad, viviendo al margen, sin tener nada que decir y moviéndose como idiotas.
No lo tiene fácil para llevarse un Oscar, porque es un filme complejo que no puede verse comiendo palomitas o después de un mal día en la oficina. El director, Óliver Laxe, es un tipo muy listo que es capaz de enviar su mensaje al mundo sin soliviantar a los fachas o a los memos.
