Opinión

Pensé en quitarme la vida

Mi situación era tan dramática que llegué a pensar en quitarme la vida”, declaró días atrás, durante su interrogatorio, el empresario Javier López Madrid, investigado en dos causas judiciales. Una, por su contratación con fines ominosos del excomisario Villarejo. La otra, por hostigamiento a la doctora Elisa Pinto, a la que pretendía sin éxito, y que luego fue apuñalada dos veces, una en presencia de su hijo de diez años.

“Me han destrozado la vida. Lo que puede pasar es: o me voy de España o me suicido”, dijo Alberto González Amador, pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid, durante el juicio que acabó en noviembre con la condena del fiscal general del Estado.

El grupo de suicidas por honor está, en la era Trump, como la España vaciada

Los casos del empresario y del comisionista son distintos, pero coinciden en dos puntos. Ambos tienen estrechas conexiones con el poder político y económico, que usan sin rubor. Y ambos quieren presentarse ante la opinión pública como víctimas, pese a los indicios o pruebas en su contra.

El magistrado Martínez Arrieta replicó con sorna a González tras escuchar su disyuntiva: “No le recomiendo ninguna de las dos cosas”. Otros ciudadanos quizás le hubieran aconsejado que optara por una u otra. Sujetos como López o González, que van a saco contra quienes denuncian sus abusos, quieren luego dar pena a la sociedad. Ímproba tarea.

 
 Redacció / ACN

Buena parte de las 700.000 personas que, según la OMS, se suicidan al año sufren depresiones, adicciones o acoso. Otras han pasado por experiencias bélicas o pertenecen a sectores vulnerables. No consta que López o González figuren en tales grupos de riesgo. Aunque bien podrían entrar en el de personas que se suicidan por razones de honor, conscientes de que sus conductas han defraudado la confianza social. En la Grecia clásica ese fraude se resolvía admitiendo la propia flaqueza y negándose a vivir con ella, vía suicidio.

Pero ni López ni González se sitúan tampoco en ese grupo, que en la era Trump está como la España vaciada. Sus fechorías no les causan vergüenza ni arrepentimiento. Les incitan solo a tratar de dar pena. Y la dan. Aunque de tipo distinto a la que ellos querrían.