Opinión

Maldito consuelo

Recientemente ocurren tantos sucesos, algunos de ellos atroces, que preocuparse por nimiedades personales resulta casi indecoroso. Es complicado protestar por la demora de un avión cuando hubo pasajeros en aquellos fatídicos ferrocarriles que jamás alcanzaron su meta. Se afirma que la existencia es sumamente vulnerable, no obstante, la psique suele protegernos de la propia incertidumbre mediante datos que, por suerte, indican que las desgracias y catástrofes solo golpean a una mínima fracción de la sociedad.

 
 Ana Jiménez 

Ilusorio bienestar cuando los desastres suceden a gran distancia y, no obstante, tal como ocurre en estas jornadas funestas, el alma se estremece al reflexionar sobre las víctimas inmediatas. Las estadísticas pierden su frialdad al otorgarles identidad propia, al descubrir los relatos de hogares devastados, de existencias truncadas apenas en su comienzo.

Los conflictos armados, por más que el mandatario estadounidense se empeñe en perturbarnos, ocurren a gran distancia de casa, aunque cada vez se sienten más cercanas; las catástrofes naturales anegan o incendian parajes remotos, pero muchos viajamos en ferrocarriles o aeronaves, manejamos vehículos o cruzamos una calle sin fijarnos. Cuántas veces nos hemos puesto en peligro sin darnos cuenta; la de ocasiones en las que variar el rumbo o una determinación nos ha librado de la tragedia. Hace años coincidí en una clínica con una señora a la que le habían amputado una extremidad tras un atropello; la mujer se lamentaba de haber salido de su hogar en lugar de quedarse mirando en la televisión la boda de lady Di y el entonces príncipe de Gales. No le dolía tanto la herida, que también, sino el haber tomado aquella elección, y no dejó, durante los días que compartimos cuarto, de hablarme sobre el destino, ese del que, según ella, no es posible escapar.

Desconfío del azar, tanto del positivo como del negativo, y aún más de la fatalidad, exceptuando aquello que resulta inalterable pese a cualquier empeño, es decir, ese desenlace común que aguarda a cada ser humano y que es preferible no anticipar mientras sea posible. Disfrutar de una existencia plena, sin haber atravesado coyunturas críticas ni dolencias de gravedad, y que los duelos inevitables no resultaran desgarradores, constituye quizá la mayor aproximación a la dicha o, cuando menos, a la calma y a una relativa paz interior.

Cualquier situación puede transformarse en cualquier instante y, ciertamente, existir implica peligros, por lo cual, y es bueno tenerlo presente, gocemos de nuestros modestos placeres, asumamos los fracasos y, ante todo, habitemos en armonía.