
La religión del Imperio
La teoría de la evolución representa una interpretación genial y verosímil sobre el origen y la progresión de nuestra naturaleza humana, ese enigma inescrutable.
Dado que el ser humano aparenta ser incapaz de vivir sin una creencia, es decir, carente de un vínculo profundo con lo intangible, después del fallecimiento de Dios proclamado por Nietszche, el raciocinio, manifestado a través de la ciencia, ha tomado la posición de una reciente fe secular (poseyendo sus propios clérigos, templos y listas de santos) sustituyendo en Occidente a las diversas variantes del cristianismo. El darwinismo, partiendo de su estado teórico, ha sido elevado al rango de Verdad (en mayúsculas) debido a ese impulso místico que rodea abiertamente lo científico (pese a las quejas indignadas de los mismos científicos, quienes defienden su neutralidad y recalcan la naturaleza incierta de sus investigaciones).

El Darwinismo (asimismo con mayúscula, para separar la obra científica de Darwin de su lectura ideológica) se convierte de esta manera en un referente ético. Y básicamente ese modelo consagra la potencia como pilar obligatorio del avance. De este modo es la existencia, y así se tiene que proceder. Stephen Miller dixit. Es verdad que si se analiza el medio natural, se comprueba: una crueldad total.
Se ha señalado, y resulta evidente, que en el instante en que los dos seres humanos iniciales coincidieron en la densidad del bosque primigenio o en el páramo, el entorno que elige Josep M. Esquirol, lo acontecido inicialmente fue que uno asumió el mando mientras el otro acataba órdenes. Resulta sencillo intuir que la fortaleza rigió aquel comienzo. Frente a la prueba que nos iguala al estado animal, y por razones difíciles de precisar, surgió en nuestro interior el deseo de proteger, de honrar y de dar valor a quien es frágil o indefenso.
El cristianismo constituye originalmente una manifestación del instinto ajeno a la naturaleza y a la razón que nos otorga nuestra humanidad. Europa (la Europa que deseamos alcanzar), así como lo que hemos designado como civilización occidental, se asienta sobre esa inusual torsión de la mente. Nuestras democracias liberales, adecuadamente suavizadas por el efecto del socialismo, una disidencia del cristianismo, encarnan el punto culminante de ese impulso opuesto a los dictados biológicos que dirige la atención hacia el frágil, el minoritario y el distinto.
Los Estados Unidos de América, quienes, ignorando los preceptos, emplean frecuentemente el nombre de Dios de forma indebida y lo utilizan como protección ética, no constituyen, pese a sus declaraciones, una potencia cristiana, sino darwinista. El emperador Trump –más una señal que el origen–, posiblemente cansado de tanta hipocresía, elude las alocuciones fraudulentas.
De manera contradictoria, nuestra virtud emana de validar la honra de los desvalidos. Contra el progreso evolutivo. Contra el orden natural. Contra Trump (y Putin, y China). Ante el atropello, el vigor inmarcesible de lo frágil. La integridad y el arrojo de aquellos que acabaron arrojados ante las fieras en la arena. “¡Están cantando!”, sollozaba con incredulidad y desengaño Nerón en Quo vadis . Por tanto, cantemos.
