
Miedo y asco en las vías
Se derrumban muros a causa del agua. No es por una tormenta sin precedentes, sino por llevar muchísimos años tolerando que los problemas se acumulen. Se inspeccionan los carriles “para garantizar la máxima seguridad”, una frase que se dice siempre a destiempo y que no ofrece consuelo. Se lamenta el fallecimiento de un conductor aprendiz en Gelida y, de golpe, Rodalies deja de ser una ineficiencia diaria para transformarse en algo superior: un drama.
Hasta ahora nos reíamos o nos resignábamos con los retrasos, las averías, los trenes parados en medio de la nada, los mensajes por la megafonía que no decían nada. Era el caos asumido o la incomodidad crónica. Hoy ya no. Hoy hay un muerto. Y cuando hay muertos, todo cambia. También el miedo, porque el miedo no es exageración ni victimismo. Es preguntarte si llegarás. El miedo es subir a un tren sin saber si la infraestructura aguanta otra tormenta, otro desprendimiento, otra negligencia acumulada. El miedo es descubrir que aquello que usas cada día para ir a trabajar, estudiar o volver a casa no estaba tan garantizado como creías.
El temor consiste en abordar un ferrocarril desconociendo si las instalaciones resistirán un nuevo temporal.
Anualmente ocurre lo mismo. Evocamos el 2007 y tanto el ritmo como el mensaje resultan idénticos. Hay tormentas, sucede una desgracia, se notifican auditorías y se garantizan desembolsos. Y después, el mutismo. Hasta el siguiente episodio, que ese sí que nunca llega tarde.

Entretanto, continuamos en este lugar, exigiendo respuestas y brindando disculpas a la vez. Disculpas por ser catalanes. Disculpas por manifestar desacuerdo. Disculpas por indicar lo que resulta patente. Disculpas por reclamar cuando las cosas no operan correctamente.
Nos definen como quienes continuamente exigen (lo que les pertenece), los que nunca están conformes, los que magnifican todo. Los antagonistas del relato. No obstante, hoy no nos referimos a la política ni a las identidades. Nos centramos en muros que se desploman, en raíles que se quiebran o en infraestructuras que dejan de funcionar. Y tratamos, esencialmente, sobre una duda perturbadora que nadie manifiesta abiertamente, pero que muchos meditan para sus adentros: ¿y si me sucede a mí mañana? ¿Y si el próximo tren es el que yo tomo?
Cuando una infraestructura de tránsito colapsa, el malestar es compartido. Si ocasiona muertes, la rendición de cuentas también tendría que serlo. Pues el temor, al volverse cotidiano, ya no es simple susto: es desamparo.
