Opinión

Vida de tren

Durante nuestra época de estudiantes, los desplazamientos habituales en ferrocarril supusieron nuestro primer contacto con la vida adulta. En los vagones del tren regional divisábamos retazos de existencias ajenas, sujetos ordinarios y tipos singulares. También solíamos leer con un paquete de pipas, sumergidas en el texto de Tiempo de silencio o en las rimas de Màrius Torres mientras el entorno pasaba tras el cristal. Hacer cuarenta kilómetros diarios sobre los raíles fomenta el crecimiento. Tal era mi gratitud que, al tener quince años, por mediación del boticario del pueblo, contactamos con el diario Segre para informar sobre un hecho. Cada año, alguien perdía la vida en el paso a nivel, alcanzado por el expreso de Irun, y experimentábamos de cerca esa desdicha. En la juventud te convences de haber nacido para la protesta: ¿cómo podía seguir todo igual, las abuelas persignándose, el jefe de estación desolado, y nosotros cruzando la vía de forma arriesgada por carecer de pasarela? En el periódico me indicaron: “Escríbelo tú y vemos”.

 
 Propias

Aquel obstáculo funesto se desvaneció. Del mismo modo que la terminal, antes tan llamativa, terminó convertida en un sitio abandonado. Su declive estuvo vinculado al creciente desgaste de la existencia en el campo. Así, el transporte rápido fue eliminando el recorrido habitual, originando paradas deshabitadas y distanciando a la juventud de esas localidades áridas. Actualmente, los pasajeros aceptamos la celeridad y sus atractivas promociones económicas sin dudarlo. El vínculo con el ferrocarril de gran velocidad se ha vuelto cotidiano, aunque casi no hemos reflexionado acerca de la complicada estructura que permite su desplazamiento veloz.

Del mismo modo que el café, la radio o la manta, el tren integra ese grupo de cosas que nunca deben decepcionarnos.

Transcurridas dos semanas desde el siniestro ferroviario de Adamuz hemos comprendido lo que experimenta un maquinista cuando recorre tramos inestables con viento y disminuye la velocidad, la carga sobre su espalda.

Resulta imposible comprender nuestra cultura sin el ferrocarril. Al igual que el café, la radio o la manta, integra una cotidianidad invencible: esas cosas que no deben fallar. Bajo nuestras butacas reclinables, el balasto, los raíles y las traviesas muestran agotamiento. Es sencillo asimilar la indignación ante la figura de los aprovechados que negociaron contratos turbios y dieron trabajo a sus parejas en Adif. 

La problemática ferroviaria manifiesta la manera en que el inmovilismo, la ineficiencia administrativa y la deshonestidad erosionan la credibilidad en un sistema que ha trazado nuestra historia personal. Actualmente, el foco de atención se sitúa sobre ellos. Que esto sea útil para recuperar la esperanza en los raíles.