Opinión

Y la perla fue Netanyahu

CONFUSIÓN VITAL

Hemos estado varias semanas saltando de lo cercano a lo internacional y viceversa de modo drástico. Igual que la meteorología de este enero que termina hoy. Del arresto del comunista Maduro al ascenso trumpista de su vicepresidenta. Miras un telediario y te mueves de Adamuz a Groenlandia sin paradas ni esperas. De Minneapolis a Rodalies de forma directa. Elevamos a Arbeloa como el preparador más brillante del Madrid tras Miguel Muñoz, y en un momento lo volvemos un Mourinho de Hacendado. Vaya enero: un periodo mensual que ya funciona como balance del año.

Si existe un sitio donde lo universal y lo regional se han fusionado de manera brillante, ese fue el Palau Sant Jordi el jueves anterior. Tras semanas de ausencia en la prensa después de ver a gran parte de sus habitantes perecer por hambre o a manos del ejército israelí, Palestina ha vuelto a la actualidad a través de un evento musical de solidaridad y denuncia. Lo acontecido en Barcelona hace un par de veladas fue excepcional. Lo calificaría de hito si el ­término no se encontrara tan desgastado.

 
 Martín Tognola

Desconozco el origen de la iniciativa, pero doy las gracias a los responsables por no rendirse y por el gran esfuerzo que dedicaron. Llenar el Sant Jordi en una velada gélida (alguien debería explicar a los locutores de noticias nacionales que gélida, palabra esdrújula con tilde en la e, significa frío intenso, mientras que Gelida, llana con acento en la i, es una localidad del Penedès) resulta sumamente complicado, y más con el propósito de organizar un evento para tener presente a Palestina, dada nuestra costumbre de pasar página ante cualquier conflicto en cuestión de pocos días.

El Sant Jordi completó su aforo con una programación que integraba lo regional y lo internacional, similar a una degustación del Celler de Can Roca. Sobre las tablas, se sucedieron actuaciones de talla mundial como Rosalía, Morad, Amaia, Ana Tijoux o Bad Gyal, junto a propuestas de raíz comparables a un hallazgo en una ruta de montaña: Xavi Sarrià, Laura Pacios, Clara Peya, Gemma Humet, Oques Grasses o el muy añorado Alguer Miquel. Todo esto se combinó con las intervenciones de Pep Guardiola o el hijo del cautivo político Marwan Barghouti. Asimismo, se incluyeron voces de creadoras palestinas y fragmentos de vídeo que servían para rememorar la causa que nos reunía.

El Sant Jordi se abarrotó por Palestina mediante una oferta que combinaba lo regional con lo internacional.

Se produjo un hecho que, si bien pudo pasar inadvertido, demuestra la intención de los promotores de que el evento fuera más allá de una simple actuación. En el tiempo previo, en distintos institutos de las afueras de Barcelona se realizaron talleres para jóvenes que han tenido que lidiar con situaciones muy difíciles desde su nacimiento. Individuos que no dispondrán de demasiadas opciones de prosperar, a pesar de haber nacido en este entorno y no en Gaza. Hijos de núcleos familiares humildes, en su mayoría inmigrantes y perjudicados por la desigualdad, el mayor problema de nuestro sistema capitalista.

Jóvenes de ambos sexos que difícilmente habrían acudido a la función, principalmente por falta de dinero o porque sus perfiles digitales no les muestran tales eventos. Alrededor de 800 estudiantes disponían de un sitio asignado en el Sant Jordi. Animados y con sus dispositivos en mano, consultaban a los presentes sobre su asistencia y la efectividad de estos proyectos. No pienso que ahora, pasadas dos jornadas, la realidad sea distinta en Gaza. Si la gala tuvo algún sentido, consistió en procurar que los villanos no arrebaten también el espacio de la ilusión. Contemplé el llanto de Mohammed, un muchacho de 22 años que entró en España escondido en un camión, mientras sobre la tarima se oían versos en árabe. Y fantaseé con la idea de que Rosalía interpretó La Perla con Netanyahu en mente. Nadie podrá arrebatarnos lo ya vivido.