
La vegana de la universidad
confusión vital
Siempre es estimulante que te inviten a una cena que no sabes muy bien de qué va. También es arriesgado. Pero teniendo en cuenta la semana que llevamos, era muy difícil que una cena la empeorase. Justo ha ido a salir el sol en la semana más negra del año.
Me había pasado la mañana charlando con Iñaki Urdangarin en el piso donde se rodó Todo sobre mi madre, en la plaza Lesseps. No es que mi esperanza fuese que me contase “Todo sobre mi exsuegro” o “Todo sobre mi excuñado”. Bueno, mi esperanza periodística sí, pero sabía que eso no iba a pasar. Me encontré a un señor que se lo ha tenido que currar mucho para conceder una entrevista, la segunda en televisión después del Pla seqüència de Jordi Basté, y no llegar al set de rodaje con el cuchillo entre los dientes. Un hombre en paz después de haber pasado de ser el yerno perfecto al primer chorizo del reino. Poca broma con ese arco narrativo. Me sentí un privilegiado de poder mirar un poco por el ojo de la cerradura de las puertas de palacio.

La cena a ciegas hacía días que estaba programada, pero nunca supe muy bien ni por qué me invitaban ni quién iba asistir. El que me llamó para convocarme es un vecino mío que casi con cincuenta años se ha matriculado en la universidad. Siempre pensé que sería a distancia. Pero no. El hombre va cada mañana a clase en persona, rodeado de chavales y chavalas. La mayoría de ellos no pasan de los veinte.
No es ninguna recriminación que se haya matriculado con esa edad, solo faltaría. Y más viniendo de mí, que me he puesto a cantar en una banda de rock con más de cincuenta. Cada uno ordena su vida como puede y no como quiere. Él con diecisiete se fue a la fábrica y yo con dieciocho, a la Autónoma.
Mi vecino ha empezado una carrera con casi 50 años y su gran empeño era que yo conociese a su profe
El gran empeño de mi vecino era que conociese a su profe de la universidad. En estos tiempos de crisis de valores, en esta era de la ley del más fuerte, del bullying global, del yo, yo y después yo, ¿no les parece maravilloso que alguien que está disfrutando de su recién estrenada etapa universitaria, en una carrera por cierto de humanidades (¿hay algo más en crisis que el humanismo?), mi vecino tenga la necesidad de que conozca a su profe como quien te quiere presentar a tu estrella del rock favorita?
Pues ese fue el motivo de la cena. El profe se lo curró porque se hizo acompañar de otra profesora universitaria, de su excuñado crítico literario, de un escritor que lo petó contándonos la historia del hijo de un conductor profesional, y de una chica que ha dado un vuelco a su vida después de trabajar para el mal, un fondo de inversión que le acabó robando también la sonrisa.
Había otra mujer que no supe ubicar hasta bien entrada la cena. Fue cuando mi vecino explicó que el día que se la presentaron él entendió que era la vegana de la universidad. Conociéndole, él imaginó que ella era una persona dedicada en cuerpo y alma al tofu, la chia y la leche de avena. Al segundo plato descubrí que la vegana en realidad era la decana. Hay que decir que el criterio gastronómico de mi vecino es más que discutible: le puedes llevar a un restaurante con menú degustación que él se pedirá un pollo empanado y patatas con mayonesa. Pero yo se lo perdono todo.
Solo por ver la cara de admiración con la que se miraban profe y alumno valió la pena la cena. No se habló de Trump, ni de Rodalies, ni de Adif, ni de Óscar Puente. Y creo que, sin decirnos nada, todos lo agradecimos. Viniéndose muy arriba, mi vecino, que es un artista, acabó recitando poemas escritos de su puño y letra y coreando “el hijo del obrero a la universidad”. Ya hemos dicho de volver a quedar.
