Opinión

Pobres rusos

LA COMEDIA HUMANA

Más allá de mi entorno privado –mis parientes, mis amistades– no existe mayor anhelo para mí que un triunfo de Ucrania en su conflicto contra Rusia o bien, que los diálogos previstos para esta jornada en Abu Dabi entre representantes de las dos naciones deriven finalmente en un acuerdo de paz que brinde a la población de Ucrania la ilusión de un porvenir próspero.

Sin embargo, me generan mayor pesar los militares de Rusia que los de Ucrania. Rusia me produce una amargura más intensa que Ucrania. En Rusia no se vislumbra la ilusión de un porvenir alegre, ni siquiera de uno decoroso, a no ser que se sea parte de las organizaciones mafiosas que detentan el mando.

Desdichada Rusia. Se halla en el catálogo de naciones donde menos me habría gustado nacer, ubicada no muy lejos de Irán, Corea del Norte o Sudán. Ciertamente, ha engendrado a mentes brillantes de nuestra especie. Bastaría, o casi, con disponer solamente de las letras y las composiciones rusas. Asimismo, nos han legado personajes de una valentía inabarcable, víctimas que enfrentaron a los zares o al estalinismo, y a Alexéi Navalni, quien sacrificó su existencia al combatir la más reciente de las constantes versiones del autoritarismo ruso, la de Vladímir Putin.

  
  Oriol Malet

Sin embargo, tal como relató el literato polaco Joseph Conrad a comienzos del siglo XX, “el espíritu de Rusia es el espíritu del cinismo”. Sigue siéndolo. El desencanto de gran parte de la población, que se ve forzada a privilegiar la subsistencia por encima de la ética. Y la amoralidad de los dirigentes, manifestada en el engaño, una práctica tan espontánea como el aliento, y en la ferocidad, un instinto que llevan grabado en su interior.

La figura que Putin admira es Pedro el Grande, un monarca de finales de la centuria XVII y comienzos de la XVIII que buscaba la vanguardia de Europa. Pedro el Grande, quien bautizó a San Petersburgo, la urbe donde nació Putin, acabó con la vida de su descendiente. Sin embargo, esto no ocurrió por un ataque de furia, tal como sucedió con Iván el Terrible, quien igualmente cometió filicidio. En absoluto. Pedro el Grande mandó ejecutar a su vástago y presenció su fallecimiento después de cuatro horas de tormentos.

Respecto al progreso moderno, Rusia jamás lo alcanzó. Actualmente representa la única nación del entorno europeo que carece de experiencia democrática, obviando el corto, anómalo y desastroso periodo de Borís Yeltsin. El sistema financiero de Rusia es propio del tercer mundo, subordinado a la venta de recursos naturales y –vaya humillación– resulta notablemente más humilde per cápita que estados democráticos tales como Estonia o Polonia, los cuales padecieron anteriormente el ahogo soviético. Esa misma opresión que padecen los habitantes de Rusia hoy, si bien muchos de ellos ni siquiera lo perciben, pobres de ellos, puesto que no han conocido otra cosa. Igual que un oso que nace y fallece en una jaula.

No se halla en Rusia la ilusión de un porvenir dichoso, ni tan solo de un mañana decoroso.

Es comprensible que los ucranianos mantengan su lucha. Resulta lógico que las naciones cercanas a Rusia se preparen militarmente a fondo. Se entiende que Putin y sus aliados sientan aversión por los europeos. Somos el reflejo en el cual ellos perciben su propio descalabro y su bajeza moral.

He visto dos programas en mi pantalla esta semana. Se trata de un documental rodado en la vanguardia bélica en Ucrania y el relato de un combatiente ruso. La obra se denomina 2.000 metros hasta Andriivka . Narra, a través de cámaras fijadas en los cascos de un grupo de efectivos ucranianos, el esfuerzo por reconquistar la aldea de Andriivka. Es parecido a contemplar Salvar al soldado Ryan , con la distinción de que la bravura, el pavor, los damnificados y las bajas son de verdad.

Observé la declaración del combatiente ruso a través de YouTube. Contaba con 18 años y registró el video con su teléfono, hablándole a su progenitora. El joven, debatiéndose entre el pavor y la aceptación, relata que recibió instrucciones para formar parte de lo que parece un operativo sin retorno. Le comunica a su madre que, de no tener novedades en un par de jornadas, deberá asumir su fallecimiento y difundir su relato por las plataformas digitales. Allí se encuentra.

Resulta preferible tolerar todo por unos meses o años que transcurrir el resto de la existencia subyugados como los rusos.

¿Qué deducciones extraer? Primero, que no hay vocabulario suficiente para definir este conflicto que Putin originó. “El absurdo”, “la futilidad”, “el sinsentido” resultan escasos. Segundo, que los soldados ucranianos entienden que pelean por un ideal elevado: resguardan no solo su nación, sino un marco ético, el mismo por el que se entregaron los soldados Ryan en la Segunda Guerra Mundial. Tercero, que los soldados rusos, tal como confiesa el joven de 18 años, combaten ante todo por el sueldo que les abona el Gobierno y que, a diferencia de los ucranianos, a sus superiores les preocupan tan poco sus destinos como a su comandante en jefe. Es decir, nada. La ferocidad, eternamente la ferocidad.

En los tiempos en que las tropas rusas se enfrentaron a Hitler, sus propios compañeros los ejecutaban si decidían retroceder. Conviene no olvidar que, mientras los aliados se aproximaban para ocupar Berlín, los militares alemanes buscaban desesperadamente entregarse a las fuerzas americanas o británicas antes que a los rusos, responsables de violaciones sistemáticas contra las mujeres alemanas. ¿Es esto comprensible, aun sin ser excusable? Ciertamente, sin contar a Alemania, la Unión Soviética registró al menos diez veces más decesos de combatientes y civiles que los estados de Europa occidental –una disparidad semejante a la que se percibe hoy en día–.

Conforme a las estadísticas de instituciones orientadas a determinar el volumen de víctimas en la contienda de Ucrania, la proporción se decanta de forma aterradora hacia la parte rusa. Un promedio de mil fallecidos o lesionados cada mes durante el último ejercicio constituye la estimación moderada, con el agravante espeluznante de que, desde la ofensiva total que alcanza su cuarto aniversario este mes, Rusia apenas ha incrementado su dominio en territorio ucraniano en un uno por ciento.

Por tal motivo, los rusos aplican una táctica de mayor ferocidad, que es el bombardeo de las localidades de Ucrania para desmantelar sus redes de suministro y, simultáneamente, la entereza de los habitantes. Un compañero que reside en una población próxima a la línea de fuego me explicaba estos días que soporta 12 horas diarias sin agua ni calefacción bajo temperaturas de menos 18.

No obstante, la entereza, al igual que la ilusión, vacila pero no se rinde. Resulta preferible tolerar cualquier adversidad por algunos meses o años, que vivir el resto de los días sometidos como los desdichados rusos. Respecto a la denominada charla de paz hoy en Abu Dabi, el momento en que Putin decida cesar de causar tanto dolor superfluo no estará vinculado a la piedad por su gente, ni mucho menos por el adversario, sino con la absoluta desfachatez de sospechar que, por la carencia de fondos y la ruina económica que su conflicto ha provocado en su nación, se quedará sin aquello que realmente aprecia: el ansiado poder.

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