Opinión

El capitán del mundo libre

LA COMEDIA HUMANA

Hay partido! Tras un año de juego tímido y defensivo, Europa empezó a recuperar las pelotas, cogió confianza, se lanzó al contra­ataque y marcó un gol. Estados Unidos, que pensaba tener la victoria asegurada, parpadeó y perdió esa fase del encuentro, la que se recordará como la batalla de Groenlandia.

La política internacional, como el fútbol, es imprevisible. Quedan tres años para que sepamos el resultado final. Quizá más. Pero hay razones para pensar que Europa, aun sabiendo que dispone de menos armas, jugará de ahora en adelante sin miedo. Una de las principales razones es que tiene un gran capitán. No proviene del Viejo Continente sino del nuevo y se llama Mark Carney, primer ministro de Canadá y flamante líder del mundo libre.

En el escenario mundial de Davos, Carney dio el martes lo que será recordado como el discurso más inspirador de lo que va del siglo XXI. Definió los valores en juego, trazó las líneas de batalla y lanzó un grito de guerra. Algo de Churchill desafiando a Hitler, algo del discurso de Enrique V de Shakespeare –el que inspiró el título de la serie televisiva Band of brothers (Hermanos de sangre) – antes de la batalla de Azincourt, en la que las tropas inglesas lucharon en desventaja contra las francesas.

“Somos los pocos, los felices pocos, una banda de hermanos”, dice Enrique V, “porque quien hoy derrame su sangre conmigo será mi hermano; por humilde que sea su condición, este día la ennoblecerá”.

Oriol Malet

“Las potencias intermedias no son impotentes”, declaró Carney. “Tenemos la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores… Las potencias intermedias debemos actuar juntas, porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.

El discurso de Carney será recordado ante todo por señalar que la política del rey bufón que esta semana cumplió un año en el trono ha conducido a una ruptura, “la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad dura, en el que la geopolítica de las grandes potencias no está sometida a límites ni a restricciones”.

El público le ovacionó y, acto seguido, muchos de los presentes le cogieron el testigo. Líderes del Reino Unido, Francia, Bélgica y Alemania, antes cautelosos, se ennoblecieron sumándose a sus filas con palabras y hechos. En respuesta a la amenaza de EE.UU. De conquistar Groenlandia, el Parlamento Europeo suspendió la ratificación de un acuerdo comercial con Washington; la Unión Europea sopesó la posibilidad de imponer aranceles de represalia y un fondo de pensiones de Dinamarca, país soberano en Groenlandia, anunció que se desharía de 100 millones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense.

En Davos, Carney definió los valores en juego, trazó las líneas de batalla y lanzó un grito de guerra

El día después del discurso de Carney, el miércoles, el monarca naranja llegó a Davos y dio marcha atrás. Suspendió su proyecto imperialista y respondió con rencor a Carney, habiendo entendido perfectamente que el día anterior el canadiense lo había identificado como el gran peligro que batir. Interpretando otro de sus papeles habituales, el del gángster que amenaza con incendiarte la tienda si no le pagas su tributo, dijo: “Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones”.

Al día siguiente, el jueves, siguió la fiesta en Davos con la celebración de un acto en el que el rey lunático demostró que las palabras de Carney habían sido no solo acertadas sino proféticas. Al inaugurar lo que él llama su Consejo de Paz, definió más claramente que nunca sus propias líneas de batalla y la identidad de sus aliados en la gran guerra fría mundial que se está librando entre la democracia y el autoritarismo.

La misión declarada del Consejo de Paz es llevar la paz a Oriente Medio convirtiendo Gaza en un resort de lujo en el que los palestinos cumplirán alegremente el papel de camareros, botones y lavaplatos. La misión no declarada es que el nuevo bloque usurpe el papel de las Naciones Unidas como instrumento de armonía mundial, en este caso bajo una grotesca nueva versión de la pax americana. Lo cual explica que su majestad trumpista haya invitado a Vladímir Putin a formar parte de su nuevo club, integrado de momento por seis monarcas absolutos (siete si sumamos a su fundador y presidente), los líderes de dos regímenes militares y un líder buscado por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, es decir, Beniamin Neta­nyahu. Si Putin se suma, serían dos.

Decía Groucho Marx que no querría pertenecer a un club que aceptase como miembros a gente como él. Dándole la vuelta a la famosa cita, hay muchos que no quieren pertenecer a un club de dictadores y asesinos presidido por ya saben quién. En Europa solo dos países han dicho que sí a participar: Bulgaria y
–cómo no– la Hungría de Viktor Orbán. Varios, como Francia, ya han dicho que no, gracias. Y la invitación a Canadá fue retirada después del discurso de Carney, un insulto vacuo, ya que jamás la hubiera aceptado.

La creación del Consejo, cuyo precio de entrada es mil millones de dólares pagados a la cuenta del también conocido como el Mango Mussolini, escenifica la ruptura a la que se refería el primer ministro canadiense. El partido sigue, pero con más intensidad que nunca ahora que el equipo transnacional que lidera Carney ha entendido que no hay más remedio que cambiar de actitud y tácticas. El mensaje ha calado: enfrentarse con tenacidad al rival no ofrece ninguna garantía de triunfo, pero someterse es garantía de fracaso.

El Consejo de Paz de Trump tiene como misión no declarada usurpar el papel de las Naciones Unidas

Lo que está en juego está retratado en los currículums y en las personalidades de los dos capitanes. Carney estudió en Harvard, tiene un máster y un doctorado de la Universidad de Oxford, fue gobernador del Banco de Inglaterra y del Banco de Canadá. Es un hombre erudito, sagaz, honesto, respetuoso y tan cool, me decía un amigo esta semana, como Humphrey Bogart. Y, por cierto, escribió él solo la totalidad de su discurso en Davos.

Al otro, bueno, le cuesta formular una frase en su lengua materna sin cometer un error gramatical y, ya saben, es a la vez un niño malcriado de cinco años, un promotor inmobiliario amoral, un acosador sexual, el Joker resentido de Batman y un capo mafioso.

La guerra de civilizaciones que vivimos se encarna en la rivalidad entre estas dos figuras. Elijan con quién van.

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