Opinión

El precio del billete

Una joven solloza en la terminal de Sants, atendida por una empleada de chaleco amarillo que muestra un semblante tan afligido como el suyo. Una multitud de personas que no pueden viajar, teléfono en mano, describen en un coro de frustración las citas a las que no acudirán, los puestos donde no podrán fichar y las lecciones o consultas médicas que se han vuelto inalcanzables.

  
  Àlex Garcia

He utilizado el ferrocarril desde que tengo uso de razón. Ya fuera para visitar a mis abuelos, acudir a la universidad o tratar de alcanzar Puigcerdà en un viaje que actualmente requiere el mismo tiempo. Durante febrero del 2008, apenas siete días tras su inauguración, comencé a usar el tren de alta velocidad que conecta Barcelona con Madrid por motivos laborales, y sigo siendo pasajera habitual. He observado su progresiva saturación, su enorme crecimiento, así como la expansión de rutas, itinerarios y operadoras. Esta opción me facilita residir en mi localidad eludiendo las demoras, las molestias y los inconvenientes con el equipaje propios de los aeropuertos.

¿Qué cantidad de trabajadores perderán su empleo ante la imposibilidad de respetar los turnos?

Aparte de la inquietud al considerar que tal vez he comprometido mi integridad durante tanto tiempo, mi reflexión se enfoca hoy en el impacto individual de un colapso en los trenes vaticinado tras periodos de abandono y falta de pericia. El ministro Puente manifestó con nitidez en el Senado que la prestación de Rodalies resulta deficiente y que los progresos no serán inmediatos. Representa una imagen penosa de una de las utilidades fundamentales para la actividad financiera y la cotidianidad de la nación.

Si previo al actual parón ya se avisaba del impacto psicológico dañino en muchos pasajeros de Rodalies, ¿qué ocurrirá ahora, sin una expectativa de mejoría y normalización a la vista? ¿Cuántas corporaciones descartarán planes de expansión que resultan inviables sin las ventajas del servicio ferroviario? ¿Qué cantidad de empleados dimitirá o será cesada al volverse imposible cumplir con sus turnos y deberes? ¿Cuántos alumnos renunciarán a formarse en el centro de su preferencia?

No existe nada más dañino para el porvenir compartido que la carencia de optimismo y la percepción de un destino trágico. Calcular el menoscabo de las opciones venideras no resulta tan sencillo como contabilizar el capital desembolsado o las ganancias que se dejarán de percibir. Sin embargo, constituye el impedimento más grave que actualmente entorpece nuestra marcha.

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