
Enero incomprendido
El invierno en general y el mes de enero en particular tienen mala fama. La glorificación (exagerada, a mi parecer) del verano, el calor y el sol despiadado ha hundido los meses de frío, luz solar más precaria y viento, lluvia y nieve en el pozo de los incomprendidos. El apreciado Àlex Tort lo comentaba esta semana recogiendo el parecer general en las redes sociales: el sentimiento de tristeza, abandono, pereza y frío. Pero aquí estoy yo y mi humilde columna para combatir esta injusticia.

El frío del invierno te afila el entendimiento y te hace ser más ágil y rápido. Permite salir a andar sin sudar y evitando las multitudes veraniegas de turistas y transeúntes. Favorece los encuentros íntimos, de pequeños grupos, más cómodos que las verbenas masivas a la orilla del mar. Te hace ser más introspectivo: enero es el gran mes de los buenos propósitos y de empezar a cumplirlos. El año es una página
en blanco y cualquier cosa es aún posible.
El año es una página en blanco y cualquier cosa es aún posible
Es muy buen mes para el consumo cultural, sea leer, ir al teatro o al cine o ver más televisión (esto a mí me va muy bien). La ropa es más elegante, sin ese punto dejado e informe de la vestimenta veraniega, que buscamos, básicamente, que no te apriete y permita pasar el aire. Tort cita a Sylvia Plath describiendo enero como seco, duro, reluciente y frío. Yo también sé hallar poemas dedicados al mes de enero, ¡pero en positivo! Martí i Pol, gentileza de la plataforma cultural 14: “Per gener comença l’any / i els onze mesos que falten / fan que el fred no es senti tant” (en enero empieza el año y los once meses que faltan hacen que el frío no se note tanto) O bien Octavio Paz: “Las puertas del año se abren, / como las del lenguaje, / hacia lo desconocido”. Incluso los habitantes de Taimyr, al norte de Rusia, esperan con alegría el mes de enero para celebrar que, después de 45 jornadas sin sol, por fin empiezan a verle la cara algunos minutos al día. Una locura de fiesta y desenfreno extremos.
En fin, que el invierno y el denostado mes de enero no ofrecen más que ventajas. Siempre y cuando no seas un niño latinoamericano en los Estados Unidos de Trump, un palestino en la Gaza a punto de convertirse en Las Vegas, un viajero de cercanías o un groenlandés.
