Opinión

La ciudad de los arrullos

Cuando no logras derrotar al rival, intégrate a sus filas. Dicho aforismo, adjudicado al obispo de Troyes frente al avance de Atila por las Galias, es el camino elegido por la localidad de Frankfurt para lidiar con uno de sus detractores más agudos: las palomas. Sucede que el núcleo económico de Alemania libra desde hace tiempo una contienda tácita contra dichas criaturas voladoras que ya se da por
perdida. Básicamente, porque las severas multas que desde
la década de los años setenta
–nada menos que cincuenta años– fijadas para sustentar a esta clase han servido de escasa ayuda. Ni tan solo en el núcleo de una nación con tanta disciplina.

Si un sector considerable de la ciudadanía respalda la permanencia de este ejemplar de la fauna, por muy irritante o perjudicial que pue-
según parece, ¿por qué no promover la coexistencia? Y más en un tiempo en el que la eliminación de aves, como la de gorriones que fomentó en su momento Mao en China,
es algo tan impopular como
incierto. Se impone el control, así que Frankfurt instalará
palomares y se limitará a gestionar la población de sus vecinos alados.