
Regímenes de presencia
Casi hasta el cierre sentí el impulso de comentar sobre Melania, el reportaje hagiográfico de la primera dama donde todo se encuentra planificado –iluminación, encuadre y movimiento– y por el que Amazon gastó 75 millones. Pero Khatia Buniatishvili se presentaba en L’Auditori y me resultó más auténtico reflexionar sobre lo mismo –atracción, poderío, representación– desde un punto menos evidente: no a partir de la toma retocada, sino desde la anatomía que inventa y se exhibe.

No se trata de un cotejo entre un par de mujeres, sino de un contraste entre dos modos de presencia. Existen formas de estar que se construyen como pura apariencia: perfectas, premeditadas. Y existen otras que se logran mediante la exposición y la maestría.
Las actuaciones musicales en vivo poseen un rasgo que se ha vuelto infrecuente: la falta de protección. No se requiere ser un experto para comprender esta realidad. Es posible ignorar las escalas y, aun así, percibir que el intérprete se está arriesgando. El peligro utiliza un lenguaje global: se aprecia en el aliento, en el nerviosismo y en la forma en que los segundos se dilatan o se aceleran.
Sin tregua, el ímpetu carece de significado y la hermosura se degrada en estruendo.
Robert Schumann redactó acerca de Liszt que había “que escucharlo, pero también verlo”. Con ello enfatizaba que una actuación no se reduce únicamente a lo auditivo: representa también un ejercicio físico. Liszt se convirtió en el iniciador de las funciones de piano en solitario, prescindiendo de acompañantes musicales. Lejos de simplemente tocar las notas, las vivía intensamente, convirtiendo al piano en un elemento de carácter casi orquestal.
Buniatishvili se integra en ese linaje: el de la maestría que supera la simple técnica para generar un ambiente. Una de las obras que ejecutó, el Vals de Mefisto n.º 1, de Liszt, se desarrolla cual narración. No hace falta estar al tanto de la leyenda de Fausto para entender la situación: existe un límite, una seducción, un ímpetu que no cesa. El vals da vueltas y vueltas, y percibes –físicamente, no de forma teórica– que volver no está contemplado en el plan.
La georgiana interpretó empleando su anatomía completa. Entendió el momento de presionar y el de generar amplitud, de conservar la tirantez o de desvanecerla. Los creadores valoran lo que en estos tiempos es complejo de salvaguardar: el reposo. Si falta el descanso, el ímpetu se desvanece y lo hermoso se vuelve simple barullo. Ciertos objetos atraen por su exceso, sin otorgar margen para la duda o el aliento. El arte actúa de manera contraria: devuelve el poder de concentrarse, esa clase de independencia.
