
Nadie es más que nadie
La mayor certeza política que tengo es que nadie es más que nadie. Las sociedades más justas son aquellas donde existe una clara conciencia de la dignidad humana, más allá de la raza, el credo, el género o el poder adquisitivo. Hay infinitas formas de ejercer superioridad; hay infinitas formas de humillar.

Permítanme que les hable de dos comentarios que me causaron daño en su momento y que irremediablemente me llevaron a alejarme de quienes los hicieron: una persona cercana, de mi propia familia; la otra, una declarada feminista. La primera, en un arrebato de furia cuyo motivo ni siquiera recuerdo, me soltó: “Tú no fuiste capaz de procrear”. Debo decir que conocía bien su talento para la violencia verbal, pero, aun así, me sorprendió. ¿Cómo era posible que alguien consciente de mi aborto natural, del problema de salud descubierto a raíz de las pruebas, y al que dediqué años de recuperación, eligiera esa zona sensible para golpear? Descubrí una superioridad moral que ignoraba: la de quien ha parido. Por lo que sé, ella no había deseado especialmente ser madre. Yo sí busqué un hijo, al que perdí antes de los cuatro meses de embarazo y por el que pasé por quirófano con un frío en el pecho que solo puedo comparar con la estampa de un paisaje polar.
Hay infinitas formas de ejercer superioridad; hay infinitas formas de humillar
La feminista, pese a su militancia, sufría amnesia selectiva. Sabía mi convalecencia y aquel embarazo truncado, pero parecía olvidarlo. Más de una vez me dijo: “Claro, como tú no tienes hijos…”. Así, pintaba mi ausencia de maternidad como fruto del individualismo egoísta. Sin embargo, a mí nunca me abandonó del todo la gelidez del quirófano. Hace años, en un libro, lo describí así: “Hay algo en los hospitales que asocio con Siberia. Esa ausencia de matices en lo que ves, la conciencia de la fragilidad, el frío que se apodera de tu cuerpo tumbado en la camilla, la noche absoluta cuando se cierran los ojos con la anestesia. Entonces deambulas por un espacio indeterminado, sin horizonte, a la deriva, como aquel explorador ártico que buscaba el sur encaramado a un témpano de hielo”.
En medio del estruendo cotidiano, vuelvo a pensar en lo esencial: nadie es más que nadie. Tampoco por ser madre o padre.
