Opinión
Alfredo Pastor Bodmer

Alfredo Pastor

Profesor de Economía del Iese

Sin novedad en el frente

Persisten las víctimas en la zona este de Ucrania, a pesar de que temas más apremiantes hayan distanciado al presidente Zelenski de la atención pública. El padecimiento prosigue, y nos evoca memorias.

Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, constituye el título del ejemplar inicial de mi colección, revisado en numerosas ocasiones. La obra relata el modo en que una generación resultó devastada por el conflicto bélico. Es el relato de media docena de estudiantes alemanes quienes, en 1914, al finalizar el bachillerato y motivados por sus profesores para presentarse como voluntarios, son remitidos al frente. Durante el transcurso de los cuatro años posteriores, se desplazan continuamente por las trincheras. Al interrogarse sobre las causas de la contienda, uno de ellos afirma: “Será porque hay gente que se beneficia de ella”. “Creo –dice otro– que es más una especie de fiebre. Unos y otros dicen no desear la guerra, y sin embargo medio mundo está enredado en ella”. Paulatinamente, los jóvenes van falleciendo. En la primavera de 1918, el último superviviente es consciente de que la guerra se ha perdido. No obstante, la muerte persiste. “¿Por qué? ¿Por qué no se acaba?”, se cuestiona.

 
 OLEG MOVCHANIUK / EFE

En la actualidad, gran parte de quienes están en el frente de Ucrania seguramente se plantean lo mismo. Mientras la guerra ha devastado a toda una generación, los europeos, mediante exigencias, prédicas y una colaboración constante, ayudamos a extender una lucha que, en el fondo, no nos corresponde. ¿Qué responderemos cuando nos interroguen sobre por qué no termina?

Un encabezado actual de The Economist: “Los generales europeos están advirtiendo a la gente de que estén preparados para la guerra”. Para los menos lúcidos, el general en jefe del ejército francés, Fabien Mandon, puntualiza: “Hemos de estar preparados a perder a nuestros hijos”. De estar aquí, los jóvenes de la obra pensarían que los hechos se repiten. Como ya mencionaron, transitamos un clima beligerante porque a ciertos individuos les conviene el conflicto, y porque otros dicen buscar la tranquilidad, pero nos instan a prepararnos para la lucha.

Europa deberá equiparse con medios de defensa bastantes, no con fines bélicos, sino para garantizar la estabilidad.

Las motivaciones resultan evidentes: la disputa en Ucrania se integra en el plan de EE.UU. Para desgastar a Rusia y así encarar con ventaja a China, una táctica que sigue al propósito de evitar un acercamiento entre Europa y Rusia. Aquellos que predicen un conflicto bélico venidero ya han identificado al adversario: se trata de Rusia. Ciertamente, diversos países integrantes de la Unión Europea padecieron el dominio de la Unión Soviética a lo largo de su trayectoria, y tales cicatrices requerirán tiempo para sanar. No obstante, también existían resentimientos cuando se fundó la Comunidad Económica Europea en 1957.

Aún queda esperanza. El encabezado de The Economist indica que las naciones del sector occidental de la Unión “no quieren saber nada” (are in denial) acerca de la obligación de alistarse para el conflicto bélico. Formamos parte de los ciudadanos europeos que no vemos a Rusia como un adversario. El fraccionamiento ha provocado el estancamiento de la UE y pone en riesgo su desintegración. Tal vez sea posible proponer ciertas recomendaciones destinadas a impedir tal fractura.

Comparada con el resto del planeta, Europa carece del estatus de gran potencia. Ciertas naciones suyas ostentaron ese poder, aunque dicha época concluyó (se percibe una sensación de tranquilidad en el resto del globo). El legado que ofrecemos a la actualidad consiste en haber convertido un entorno de disputas nacionales en un territorio de armonía y bienestar que persiste desde hace más de cincuenta años. Solo Dios conoce los numerosos desafíos que ha enfrentado este cambio; quienes habitamos Europa somos conscientes de las tareas pendientes, si bien hemos tenido éxito hasta el momento.

Admitamos que Estados Unidos ya no actúa como el socio de Europa, y que Rusia no representa nuestra amenaza. No hay que pensar que una Europa pacífica tenga motivos para asustarse de Rusia. Aquellos que se encuentren, o aspiren a integrarse en la UE buscando el amparo bélico de Estados Unidos, asumen un peligro considerable: nos corresponde resguardar nuestra zona de tranquilidad mediante medios propios. El futuro de la OTAN es incierto; independientemente de lo que ocurra, Europa debe conseguir medios de defensa bastantes, no con el fin de igualar a las potencias, sino para evitar que nos perturben. Nuestros mandos militares aciertan en este punto: es preciso alistarse. No obstante, el objetivo no es el conflicto, sino la estabilidad. Sin el requerimiento de sacrificar a nuestra descendencia.

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