
El coronel no tiene a donde ir
El pasado 14 de diciembre Jacques Baud, coronel retirado del ejército suizo, se vio incluido en una lista de sanciones contra organizaciones rusas hecha pública por las autoridades de la Unión Europea; Baud y otra persona eran los únicos individuos mencionados en ella. Baud era acusado de “aparecer regularmente en emisiones de radio y televisión rusas”, de ser “un altavoz de propaganda prorrusa” y de “propagar teorías de la conspiración”. Por efecto de las sanciones, Baud, que reside en Bélgica, no puede circular por la UE, ni pasar por su espacio aéreo, ni tiene acceso a sus cuentas bancarias. Individuos o empresas que le presten ayuda corren el riesgo de figurar en la misma lista. Quince días después de publicada la lista, Baud no había recibido comunicación oficial de la sanción: no había tenido, pues, ocasión de defenderse. Hay que admitir, antes de entrar en el fondo del asunto, que el procedimiento seguido por las autoridades europeas sería considerado ilegal en cualquiera de sus estados miembros, y que es impropio de un Estado de derecho.

He ido leyendo los reportajes y entrevistas de Baud en diversos medios desde antes del inicio de la invasión de Ucrania. ¿Su delito? Diferir de la versión oficial del conflicto ucraniano. Para Baud, el conflicto no empieza con la invasión de Ucrania por el ejército ruso, en febrero del 2022, sino que debe interpretarse como una desafortunada respuesta de Rusia a la inclusión de las antiguas repúblicas soviéticas en la OTAN, incumpliendo repetidamente las promesas hechas a Gorbachov por EE.UU. Y por la UE en el momento de la reunificación alemana, y los acuerdos firmados con posterioridad. Lo que prendió la mecha fue posiblemente la posibilidad –que EE.UU. No tenía intención de cumplir– de incluir a Ucrania. Frente al relato de Baud, la versión oficial, la que aparece en muchos grandes medios de comunicación, temerosos quizá de las consecuencias económicas de una disensión, es algo peor que una mentira: es un conjunto de medias verdades que resta importancia, no solo a los antecedentes del conflicto, sino también a los intentos de llegar a un acuerdo de paz, que fueron saboteados desde el inicio del conflicto.
El asunto de Jacques Baud es un paso más en la tarea de convertir la UE en un enemigo de Rusia
En el fondo, el asunto del coronel Baud es un paso más en la tarea de convertir la UE en un enemigo de Rusia, una tarea inspirada por el bien documentado proyecto de EE.UU. De impedir cualquier entendimiento entre ambas. En esta perspectiva, la política exterior del presidente Trump, bajo su aparente volatilidad, resulta perfectamente coherente: se trata a veces de debilitar a Rusia, a veces de acabar con la UE: el resultado es el mismo. Pero lo que es triste es que nuestros representantes en la Unión Europea, al no poder desmentir al mensajero, hayan decidido vengarse en él, solo porque ha desenmascarado sus manejos. No es solo una confesión de impotencia. Es, quizá sobre todo, un procedimiento reprobable, indigno de los europeos, que debería avergonzarnos a todos y sobre el que las autoridades europeas deben una explicación a sus ciudadanos.
“Nadie en Occidente quiere la paz”, escribe Baud. Sin embargo, el proyecto de una unión entre las naciones europeas, nacido en 1941 en una prisión italiana, fue en sus orígenes un proyecto de paz. El recuerdo de dos guerras, vivo aún entre muchos, debería bastar para evitar, ante todo, enfrentamientos armados. Eso no tiene nada que ver con la conveniencia de tener una defensa común; bien está la prevención contra agresiones posibles, pero quienes las consideran inevitables quizá no deberían formar parte de la Unión. Y quienes consideran a Rusia como enemigo natural de Europa quizá deberían tomar nota de unas recientes palabras de Jeffrey Sachs, que habla de la rusofobia como algo estructural de los países europeos –España no está en la lista– desde hace siglos: “La rusofobia no ha hecho a Europa más segura. La ha empobrecido, la ha militarizado y la ha hecho más dependiente del poder externo”.
