Opinión

La (a)normalidad de España

EL RUEDO IBÉRICO

Me considero un fanático absoluto de las charlas de La Contra. Recientemente, el invitado fue un historiador magnífico, Nigel Townson, un inglés que reside en nuestra nación desde hace décadas y que ha escrito múltiples e importantes obras acerca de la España contemporánea. El encuentro me resultó sumamente atractivo debido a que sintetizaba de forma precisa una visión bastante común entre los expertos en historia de nuestro territorio y que seguramente ha influido en gran parte de la población. Aludo a la teoría que sostiene que España no ha representado un caso excepcional frente a otros estados, pues no constituimos una nación extraña en el contexto de Europa occidental. Bajo esta perspectiva, nuestra evolución en términos económicos y políticos ha sido similar a la experimentada por otros pueblos europeos.

Con el fin de otorgar apariencia de verdad a esta teoría sobre la “normalidad” de España, se suele recurrir a situaciones de otras naciones donde acontecen hechos parecidos a los de aquí. Se detallan seguidamente algunos ejemplos. A excepción de Inglaterra y Francia, el liberalismo, el constitucionalismo y la democracia tardaron bastante en aparecer; España no constituyó el único estado rezagado. En nuestro territorio contamos con un fuerte movimiento antiliberal, el carlismo, pero, según este planteamiento, en Francia tuvieron la Vendée y en Portugal a los miguelistas. Si se señala que la Restauración fue un régimen íntegramente corrupto, se replicará que no distaba tanto de los presentes en otros países del sur de Europa. La II República cayó por un golpe de Estado, no obstante, ¿no es igualmente cierto que muchas otras democracias fracasaron durante los años de entreguerras? Sufrimos una guerra civil en 1936, pero se dieron guerras civiles en otros estados de Europa. Y así sucesivamente. En definitiva, se concluye que no hay motivos para sostener una excepcionalidad de España en el marco europeo.

 
 Perico Pastor

Dicha perspectiva rosácea sobre la historia empezó a gestarse durante la década de los ochenta de la centuria anterior y, a partir de ese momento, ha ido adquiriendo relevancia hasta consolidarse como un reciente acuerdo entre académicos e intelectuales. En gran parte, representa una respuesta a la corriente historiográfica previa, desarrollada por numerosos investigadores de tendencia izquierdista en el transcurso del tardofranquismo, bajo la premisa de que el tema central a tratar era el “fracaso” histórico de España: su desarrollo industrial demorado y escaso, la persistencia de regímenes autoritarios, entre otros aspectos. España, a ojos de estos especialistas que padecían un prolongado régimen dictatorial y represivo, se había quedado fuera del proceso de modernización en múltiples momentos. Por lo tanto, resultaba necesario investigar los motivos del rezago centenario de la nación. Existían diversos elementos: la fragilidad de la clase burguesa y la influencia de la Iglesia figuraban tal vez entre los más citados.

El planteamiento de la “normalidad” supuso un giro contrapuesto respecto a la postura anterior del “fracaso”. Resulta lógico pensar que esta respuesta fue fruto de su época, motivada por la joven democracia de España y su integración en la Comunidad Económica Europea en 1986.

Cómo consiguió España superar su turbulenta historia y transformarse en una democracia liberal

La antigua aspiración de formar parte de Europa y obtener el reconocimiento como un integrante adicional del grupo de democracias liberales de Occidente se había materializado. Este logro fue posible debido a que, pese a ciertas demoras y algunos pasos atrás, España se contaba como una nación europea más, un Estado que había vivido experiencias parecidas a las de sus países colindantes. En consecuencia, la perspectiva pesimista sobre la historia carecía ya de fundamento, pues en cierta medida perjudicaba la narrativa de la incorporación total en Europa.

Desde mi punto de vista, el planteamiento de la “normalidad” de España constituye una lectura ideologizada de la historia. Al realizar un cotejo riguroso empleando las métricas objetivas de los registros de política comparada, se aprecia que, efectivamente, bastantes de las dificultades nacionales se manifiestan igualmente en otras naciones de Europa. No obstante, no existe ningún Estado en Europa occidental que concentre la totalidad de dichos factores simultáneamente y con la virulencia que presentan en España. Una revisión veloz de las estadísticas indica que ninguna nación ha experimentado, desde 1800, una cantidad tan elevada de contiendas civiles como España, ni tal número de asonadas militares o transformaciones de régimen. Por supuesto que existieron otras corrientes reaccionarias contrarias al liberalismo en Europa, aunque ninguna resultó tan multitudinaria y persistente como el carlismo. España fue el territorio final en alcanzar la democracia (en un momento tan demorado como 1977) y atravesamos un proceso de transición con mayor violencia que la portuguesa y la griega. Hemos padecido el fenómeno del terrorismo hasta un periodo más cercano (2011) que cualquier otra región de Europa. Un análisis objetivo de los sucesos acontecidos entre 1800 y el fallecimiento de Franco evidencia una nación agitada, con dificultades para hallar estabilidad y con grados de confrontación y agresividad interna significativamente superiores a los de los países vecinos.

Admitir la naturaleza sumamente atípica de las pasadas dos centurias no implica, por otra parte, adoptar una visión pesimista de la nación, como si los españoles poseyeran una idiosincrasia política que les impidiera habitar en democracia y prosperar en lo económico. En realidad, el interrogante que tendrían que formularse quienes se interesan por el progreso nacional es de qué manera resultó factible que, aun cargando con un legado tan desfavorable, España lograra superar su ayer y transformarse, con fallos y restricciones que resultaría ilógico ignorar, en un sistema democrático liberal y una economía avanzada. Desde mi perspectiva, un análisis objetivo del camino transitado nos fuerza a cuestionarnos el motivo por el cual España consiguió desprenderse de su agitado pasado. No existe incompatibilidad entre asumir el complejo devenir histórico de la nación previo a 1975 y, simultáneamente, validar la subsiguiente estabilización (parcial) del territorio.

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