Opinión

Responsabilidad

Las instalaciones no se desgastan de la noche a la mañana. Este hecho evidente se ha transformado, no obstante, en una de las temáticas centrales tras el espantoso desastre ferroviario en Adamuz. Me incluyo entre quienes creen que la culpabilidad, al estar fragmentada, acaba por volverse imperceptible.

Las interferencias y las permanentes alteraciones de atención en las controversias fomentan la confusión. Cada cual mira por sus intereses y, como se suele afirmar, las tareas fundamentales se descuidan. El inconveniente es que la penosa situación de la infraestructura ferroviaria de esta nación funciona como un símil ideal de nuestra labor política y administración. La táctica es omitir cualquier comentario hasta que se produzca una avería.

La situación de los caminos constituye una comparación precisa de nuestra política y modo de gestión.

Sostenemos lo indispensable debido a que los desembolsos generan un beneficio electoral escaso en ciertos sectores. Las estructuras se reparan superficialmente, lamentablemente, ya que su solución definitiva no incrementa los sufragios. De esta forma se va subsistiendo pues nuestra actividad pública oscila entre crisis artificiales y fluctuaciones de estrépito vacío que no conducen a ninguna parte.

 
 Javier Lizón / EFE

No consiste en localizar responsables, sino en comprender que la gestión pública implica hacerse cargo y actuar antes de que el daño resulte irreversible. A partir del fatídico siniestro de Adamuz, los problemas se han acumulado: diversos incidentes menores, demoras constantes e infraestructuras que evidencian su antigüedad. Exigir una renuncia al instante supone un desahogo natural, aunque conlleva el riesgo de transformar la situación en un ataque partidista que no soluciona ni previene que los hechos se repitan.

No resulta necesario desviar la atención, sino entender los motivos y el origen del desorden ferroviario que hemos padecido estas últimas semanas. Adif ha sugerido aminorar la marcha en diversos puntos de manera cautelar, pero esto no responde a preguntas como: ¿son bastantes los sistemas de revisión actuales?, ¿está la red obsoleta? Existen muchas otras dudas, y los representantes públicos deberían actuar al unísono: cooperar en un compromiso mutuo para salvaguardar la integridad de la población. Pues el mantenimiento de las instalaciones va más allá de los mandatos políticos.

Al prescindir de las desgracias como herramienta de confrontación política, podremos afrontar los compromisos desde un enfoque de dificultad compartida: si no hay errores, no hay intervención, y si se falla, el mandatario debe renunciar. Actuar con sensatez implica no esconderse ni culpar, sino examinar los hechos para evitar su recurrencia.