
Europa (por fin) mira a Asia
Opinión
“¿Estados Unidos? No. A quien de verdad tenemos es a India”. Esta sentencia sintetiza adecuadamente la charla que un allegado cercano al redactor de este texto mantuvo con un integrante de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, la principal entidad de consulta política en China. La nación rivaliza con Estados Unidos para recobrar el liderazgo financiero que ostentó hasta el siglo XIX, aunque no siente temor ya que no pretende quitarle la facultad de definir las reglas del orden global, las cuales poseen un apoyo que trasciende a la propia potencia estadounidense. Del mismo modo, no busca difundir un Chinese way of life. La preeminencia no equivale a la hegemonía.
El vínculo con India es diverso puesto que se mueven en niveles parecidos, con la expectativa de converger en el mismo estrato en un periodo de 25 años. Inicialmente, ambos estados son sucesores de las dos civilizaciones fundamentales que dieron origen a Asia, la del valle del Indo y la de la cuenca del río Amarillo, caracterizadas por una filosofía pragmática compartida y una noción del tiempo equivalente. China comprende que la administración de Trump posee un límite temporal, a diferencia de su contraparte chino. Y, si algo caracteriza a los chinos, es su sosiego. Lo mismo sucede con los indios, con quienes mantienen una visión cíclica del tiempo (helicoidal, en rigor).
No obstante, el tema es más profundo, pues, pese a que el PIB de ambas naciones continúa siendo masivo, en 2024 la velocidad de expansión anual del PIB real de China llegó al 5,0%, mientras que la de India rondó el 6,5%. Han pasado ya dos años desde que India, con aproximadamente 1.430 millones de residentes, sobrepasó a China, que posee cerca de 1.410 millones de personas. Cabe destacar que los habitantes del país índico son 15 años más jóvenes, utilizan el inglés mayoritariamente y se rigen por un common law de base europea, esencialmente británica. Y, primordialmente: un entorno de startups que ha producido más de 100 unicornios tecnológicos, ante los más de 340 de China, que cuenta con unos 7 millones de ingenieros frente al volumen ascendente de 6 millones en India.
El pacto rubricado en enero entre la UE y la India tras dos decenios de diálogos ha encendido todas las alertas en China.
La alianza pactada el último 27 de enero entre la Unión Europea y la India, tras casi veinte años de diálogos, ha despertado inquietud en China, pues podría ser fundamental para inclinar el equilibrio hacia India. De hecho, ambas partes lo han descrito como “la madre de todos los acuerdos”, puesto que otorga beneficios cuantificables a los dos.
Respecto a la UE, genera opciones para sus firmas industriales y tecnológicas, facilitando el avance inicial para nivelar su competitividad en el ámbito digital, a la vez que contribuye a variar sus circuitos de suministro, hoy vinculados a China y Estados Unidos, en un marco donde el flujo comercial ya excede los 120.000 millones de euros anuales. Para India, favorece la llegada de sus ventas al mercado europeo, que cuenta con más de 450 millones de consumidores, permitiéndole así fomentar su capacidad tecnológica y su capital humano, afianzando su estatus como aliado estratégico global.
Globalmente, el acuerdo pretende incrementar el intercambio mercantil, los capitales y la colaboración, sobre todo en ámbitos industriales y tecnológicos de forma duradera entre ambas regiones que suponen aproximadamente el 25 % del PIB global. Resulta relevante subrayar la función esencial desempeñada por Portugal, nación dotada de perspectiva táctica y mediadores hábiles, que mantiene todavía su poder de persuasión en India. España continúa sin establecer una relación de ayuda mutua fronteriza idónea con aquel socio fundamental para el progreso de la península.
Junto al convenio de fabricación con India se suma el pacto con Japón, centrado primordialmente en el ámbito de la distribución. En el caso de la Unión Europea, disminuye los gravámenes en áreas fundamentales como la agroalimentaria, la automotriz y los bienes industriales, potenciando las ventas externas hacia un público de aproximadamente 125 millones de usuarios, dentro de un escenario donde el intercambio mutuo sobrepasa los 130.000 millones de euros cada año. Respecto a Japón, el tratado simplifica el acceso de sus compañías al extenso territorio europeo, suprime obstáculos no arancelarios, fomenta sus envíos industriales y tecnológicos y brinda una protección legal superior para las inversiones.
Globalmente, el acuerdo robustece los procesos productivos, impulsa el desarrollo financiero y afianza un vínculo estratégico fundamentado en el intercambio libre y reglas compartidas. Además, lo fundamental es que facilita que Europa no pierda la disponibilidad de suministros esenciales. Cabe recordar que, después de la segunda Guerra Mundial, las metas principales de Estados Unidos consistieron en asegurar el dominio sobre los sistemas económicos de Europa y Japón.
Una Europa más sólida y robusta, o más exactamente, una Europa que logre aplicar finalmente su soberanía, representa la contestación idónea ante el comportamiento desafiante de Trump y Putin.
Por otro lado, si el tratado con India encendió las alertas en China, el de Mercosur ha tenido un impacto similar en Estados Unidos, ya que desafía la Doctrina Monroe de “América para los americanos” (entiéndase, para los norteamericanos).
Consiste en el esfuerzo por establecer una de las regiones de intercambio comercial más extensas del planeta, integrando a cerca de 780 millones de individuos. Para la UE, representa una entrada optimizada a un mercado con más de 270 millones de clientes y la disminución o supresión de tasas aduaneras en áreas fundamentales como vehículos, maquinaria, sustancias químicas y servicios, además de brindar nuevas posibilidades a las compañías europeas, dentro de un marco donde el intercambio mutuo ya alcanza aproximadamente los 110.000 millones de euros cada año. Para Mercosur, el pacto fomenta la llegada de capital europeo para potenciar la actualización de su tejido industrial y promueve las ventas externas de alimentos, un asunto que requiere una coordinación precisa para evitar desequilibrios en el ámbito agrario europeo. Todo esto ya fue anticipado por el conde de Aranda en aquel informe confidencial que presentó a Carlos IV en 1783 y que terminó olvidado en una gaveta.
En términos distintos, la Unión Europea, posicionada como la tercera potencia económica global después de Estados Unidos y China, ha establecido vínculos estratégicos con las naciones que ocupan el cuarto y quinto lugar. Este paso se ha dado inicialmente sin solicitar autorización a Trump ni a Xi Jinping, evitando alterar la disputa de estos mandatarios por el dominio internacional de sus estados, aunque manifestando con firmeza que ya posee una hoja de ruta independiente. Una presencia mayor y superior de Europa, o más bien, una Europa que finalmente aplica su autonomía, representa la reacción ideal frente a la postura desafiante de Trump y Putin, junto a sus variadas advertencias, así como ante el comportamiento callado pero intimidante de Xi Jinping. El tratado en proceso de diálogo con Australia ratifica que la Unión Europea, definitivamente, enfoca su atención hacia Asia.