
Espabila, aprende a preguntar
Gran parte de la población siente inquietud ante el exceso de funciones tecnológicas y teme que esta tendencia se intensifique en el futuro. Perciben estos instrumentos como organismos independientes con deseos propios que conspiran para perjudicar a la humanidad. Por el contrario, otros sostienen que los dispositivos son meros conjuntos de piezas inanimadas y que cualquier perjuicio derivado de ellos es responsabilidad exclusiva de sus usuarios. Intentamos zanjar esta controversia analizando el grado de intelecto de los sistemas, no obstante, al focalizarnos en dicha capacidad cognitiva, terminamos atribuyendo rasgos humanos a los aparatos y reforzando la idea errónea de que poseen propósitos deliberados.

Richard Feynman sostenía que el saber se manifiesta a través de las contestaciones, el intelecto mediante las interrogantes, y la sensatez al discernir el momento oportuno para cuestionar. Bajo esta premisa, los dispositivos actuales poseen una vasta información mientras que los seres humanos evidenciamos nuestra capacidad intelectual al interrogar. Cada acción de la inteligencia artificial deriva de una consulta previa que le planteamos, por lo que, en cierta medida, mantenemos el control del proceso. Nos encargamos de seleccionar y determinar si configuramos un modelo de inteligencia artificial destinado al plegamiento de proteínas, a la ejecución de operaciones financieras, a la organización de trayectos de logística o a la creación de escritos. Planteamos las dudas y recurrimos a diversos instrumentos tecnológicos con el fin de hallar las soluciones.
Debido a la inteligencia artificial, actualmente resulta más sencillo y veloz plantear interrogantes. Nuestra facultad para interrogar se ha expandido, lo cual incrementaría nuestro intelecto siempre que las consultas tengan coherencia. No es la inteligencia artificial la que nos vuelve necios, sino el empleo de la misma para formular cuestionamientos absurdos. La IA funciona como un acelerador que otorgará mayor destreza a los aptos y mayor ineficacia a los torpes, logrando que ciertos negocios sean más fuertes mientras otros quedan fuera de juego. La realidad es que resulta complicado imaginar que algún individuo o entidad decida prescindir de un recurso que facilita la realización de preguntas.
Desde siempre, el método de enseñanza nos ha calificado en función de las contestaciones. Se mide al estudiante por su manera de resolver los interrogantes de las evaluaciones, pero no es frecuente valorar a una persona por las dudas que plantea. Esto solo sucede en las tesis doctorales, las cuales formulan y desglosan una premisa; no obstante, lo cierto es que persistimos en juzgar mediante soluciones a pesar de llevar mucho tiempo conversando sobre el progreso de habilidades y disposiciones. Afrontamos un desafío colectivo: alejarnos de un esquema social, intelectual y formativo fundamentado en las réplicas para transitar hacia otro que priorice las interrogantes.
Se trata justamente del sistema que Sócrates sugería para la instrucción y el estudio, consistente en formular interrogantes en vez de brindar soluciones inmediatas, logrando así que los individuos reflexionen con rigor y obtengan sus propios razonamientos. En este momento en que nuestra destreza para hallar contestaciones ha crecido, podemos priorizar lo que es verdaderamente fundamental: la capacidad de elaborar las preguntas adecuadas.
