
Caen mitos
Los procesos judiciales conjuntos que Francia e Italia desarrollan para apoyar a los afectados de sus naciones tras el fuego en Crans-Montana están exponiendo recientemente una actuación de los organismos de Suiza totalmente opuesta a la imagen tradicional de un estado fiable, eficaz y avanzado. Los damnificados se muestran desconcertados. No comprenden que la justicia de Suiza haya permitido otra vez la excarcelación de un dueño que, según una grabación difundida recientemente, se observa instruyendo a un empleado para que fije a la cubierta, empleando un taco de billar, los paneles de aislamiento que se desprendían de forma constante apenas dos semanas antes de la fatídica noche del siniestro.

No comprenden la libertad de un individuo que ha hecho afirmaciones falsas acusando a sus empleados, incluida la joven camarera fallecida mientras servía botellas con bengalas. No entienden que no se investigue el origen dudoso de la fianza exorbitante que pagó para obtener su libertad. Tampoco entienden que el presidente de la comuna, Nicolas Féraud, quien en una lamentable conferencia de prensa admitió no saber por qué no se había inspeccionado el local durante los últimos cinco años, aún no pueda explicarlo un mes y medio después. Con cada nuevo silencio, aumentan las sospechas de corrupción y se intensifica la tensión diplomática. Y con cada nueva irregularidad suiza descubierta, se desmorona el mito helvético que antes se alimentaba en los países del sur.
Los estudios sobre Crans-Montana nos muestran una Suiza situada en el extremo opuesto del cliché.
Resultó una nación acogedora para escapar de la tiranía del régimen franquista y buscar empleo mientras aquí golpeaba con fuerza la escasez de la posguerra. Excelente para conquistar picos de nieve, magnífico para terminar con la vida tranquilamente (suicidio asistido permitido desde 1942). Funcionó como un edén para el lavado de capitales hasta el 2018. Y continúa siendo un destino predilecto para quienes demandan servicios sexuales. No solamente es legal, sino que en ningún otro estado se encuentra tan blanqueada como en la bella Suiza, modelo (vaya ironía) en la protección de los derechos humanos.
En aquellos tiempos de ingenuidad, cuando aún suponíamos que el bienestar alpino surgía primordialmente de un modelo económico muy competitivo, de repente en cualquier local, rodeado de protestas sobre el propio Estado, alguien terminaba exhalando: “Siempre nos quedará Suiza”. Pero eso ya terminó.
