Opinión

Esos otros hombres

Caroline Darian es la hija de Gisèle Pelicot, la víctima de agresiones sexuales múltiples durante años mediante sumisión química orquestada por su esposo. Cuenta con 47 años y, tras la sentencia del individuo al que rehúsa llamar padre, continúa su lucha contra la violencia de género con una entereza excepcional.

 
 GUILLAUME HORCAJUELO / EFE

Dentro de un reportaje recientemente lanzado en la señal oficial del Parlamento Francés, Caroline Darian expone diversos ejemplos de sumisión química. En uno de estos relatos, figura una menor de trece años quien intuía que su progenitor abusaba de ella mientras descansaba. Su progenitora le dio crédito al instante, y los exámenes toxicológicos capilares detectaron restos de un fármaco sedante de gran fuerza. Dichas pruebas confirmaron además (gracias a que el largo del cabello lo facilitó) que las agresiones habían comenzado cuatro años antes, momento en el que apenas contaba con nueve años.

Frente a los actos de violencia machista, únicamente protestan las mujeres y un reducido grupo de varones sensibilizados.

A lo largo del documental, los atacantes resultan ser varones, “hombres normales”, descritos por sus conocidos como personas sumamente agradables. Las víctimas suelen ser féminas, con la excepción de un chico de diecisiete años que fue drogado por un adulto y sufrió abusos que le provocaron daños permanentes. Entretanto, frente a los horrores derivados del machismo, las protestas las encabezan casi exclusivamente mujeres junto a un reducido grupo de varones concienciados. ¿Es de verdad tan escaso el número de personas que repudian estas conductas monstruosas? Lo dudo, aunque siempre me he cuestionado la ausencia de una movilización masculina sólida, ya sea física o digital, que denuncie colectivamente no solo el perjuicio que los maltratadores causan a las mujeres, sino que también defienda su propia imagen como ciudadanos respetuosos.

El movimiento #NotAllMen, resultó ser un amago tenue que apenas logró impacto, mostrándose más enfocado en el bochorno personal ante las críticas que en el origen real de la cuestión. Puesto que el núcleo del conflicto no reside en las feministas woke, quienes, mediante una hostilidad irracional y globalizante, los meten a todos en la misma categoría de primates. El centro del asunto continúa siendo el habitual: ese sistema patriarcal que fomenta la conducta de varones dispuestos a realizar acciones que otros tantos sujetos masculinos (que son mayoría) nunca llevarían a cabo. Ese idéntico esquema, además, es el que sostiene a aquellas féminas que defienden incondicionalmente a los acosadores si se trata de sus cónyuges, descendientes o amistades.