Opinión

Excelentísimas diputadas

Victoria Kent y Clara Campoamor, las dos primeras diputadas en las Cortes españolas, no pudieron emitir su voto en las elecciones de junio de 1931. La Constitución de la Segunda República, que establecía el sufragio universal masculino, permitía que las mujeres fueran elegidas, pero les negaba el derecho a votar, lo cual resulta paradójico: si se les reconocía la capacidad para desempeñar un cargo político, con mayor razón debía reconocérseles el derecho a elegir a quienes las representaran. Eran unas Cortes unicamerales, con Congreso pero sin Senado, y estaban integradas por 470 diputados. Imagínenselo: dos mujeres solas entre 468 hombres.

Durante la breve vida de la Segunda República, nueve mujeres fueron elegidas diputadas, representando casi todo el espectro político, desde la conservadora Francisca Bohigas hasta la comunista Dolores Ibárruri, pasando por las socialistas Margarita Nelken, Matilde de la Torre, María Lejárraga, Veneranda García-Blanco y Julia Álvarez Resano, así como por Kent y Campoamor, vinculadas a organizaciones radicales cercanas al centro. Miguel Ángel Villena ha dedicado un libro fascinante, Republicanas, , a las trayectorias de todas ellas, en el que se entrelazan vidas moldeadas por las convulsiones de la España de los años treinta: de las nueve diputadas, solo una, la cedista Francisca Bohigas, evitó el exilio, que obligó a la mayoría (seis) a establecerse en México.

  
  Javier Cebollada / Efe

Una nación tan distante aunque tan avanzada como Nueva Zelanda se convirtió en la pionera al admitir el sufragio femenino. Esto ocurrió en 1893. Posteriormente se sumaron Finlandia, Noruega, Dinamarca y diversas naciones adicionales. Durante 1918, gran parte de Europa lo aprobó simultáneamente; no obstante, estados cercanos como Francia e Italia aguardaron hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. España se anticipó a ambos pero, simultáneamente, quedó rezagada. Las ciudadanas de España ejercieron el voto en 1933, aunque la extensa etapa del franquismo les arrebató dicha facultad nuevamente hasta 1977.

Era un anacronismo, sí, pero solo parcialmente: en Suiza, donde las mujeres habían obtenido el derecho al voto en 1971, existía un cantón, Appenzell Innerrhoden, en el que las mujeres no pudieron participar en las elecciones locales hasta tan reciente como 1990 (y todo ello gracias a una sentencia del Tribunal Supremo Federal de Suiza, que ignoró la postura de una mayoría de hombres y también de algunas mujeres, congregadas en la pintoresca Federación de Mujeres Suizas contra el Sufragio Femenino).

La cuestión que deberíamos plantearnos es por qué algunas mujeres apoyan partidos como Vox

En Republicanas, Miguel Ángel Villena reconstruye el debate que se desarrolló en España sobre el derecho al voto femenino, que finalmente se ejerció en noviembre de 1933. Curiosamente, Victoria Kent y Clara Campoamor sostenían posturas opuestas. Mientras que la primera, temerosa de que este derecho beneficiara a los partidos conservadores por la influencia clerical entre las mujeres, abogaba por posponerlo, la segunda se esforzó por implementarlo de inmediato. Los partidos permitieron a sus diputados votar libremente, y el resultado fue de 161 votos a favor y 121 en contra.

Que los partidos de derecha terminaran imponiéndose no valida a Victoria Kent: numerosos factores influyeron en esa victoria, y no únicamente la inclusión de la mujer en el cuerpo electoral. La evidencia es que apenas unos años después, en las elecciones de febrero de 1936, también con voto femenino, triunfó el Frente Popular. ¿Acaso las mismas mujeres que en noviembre de 1933 inclinaron la balanza a favor de los partidos de derecha lo hicieron nuevamente, pero esta vez a favor de los de izquierda, en febrero de 1936?

En un momento en que el sector progresista parece retroceder, resulta evidente que cuenta con un respaldo superior femenino frente al masculino, no debido a que ellas hayan adoptado posturas radicales, sino a causa de que gran parte de ellos se han desplazado hacia la derecha, desorientados ante la percepción de haber perdido su lugar en una realidad que es imposible comprender sin la fuerza del feminismo. No obstante, la verdadera cuestión que deberíamos plantearnos es el motivo por el cual ciertas mujeres eligen formaciones como Vox, las cuales, de alcanzar el gobierno, las retornarían a un escenario bastante similar al de El cuento de la criada.