
67 euros
No falla. En cada discusión que tengo con mi hijo pequeño –muy politizado y muy de izquierdas– me trata como una señora profundamente aburrida y conservadora. Y no me refiero tanto a un tema ideológico –que tiene que ver con los valores– como a la diferencia sobre lo que nos despierta interés, indignación o, en general, opinión sobre lo que es o deja de ser importante. Ley de vida supongo, puesto que nos separan más de tres décadas. Aunque si soy honesta y vuelvo la vista atrás, ya me sentía una siesa durante el procés, cuando me pasé más horas discutiendo sobre sus costes sociales y civiles que vibrando sobre el sí o no a la independencia.
Él se informa por TikTok (red altamente adictiva, aunque no sea de un tecnoligarca por cierto) y Rufián es voz de fondo habitual en nuestro salón. No me entiende para nada cuando le digo que prefiero un diputado empollón, de los que escriben enmiendas, a un videoperformer, que me encantaría admirar la grandeza de un líder, pero tengo que soportar la arrogancia de los que solo son jefes, que la forma es fondo… y me entiende todavía menos cuando le argumento que la política debería tratar más de evitar infiernos que de conquistar cielos. E, insisto, no solo le comprendo –él tiene 18 años y yo 51– sino que además la discusión me divierte, aunque permanentemente me asalte una duda de fondo: ¿es este cambio de Gutenberg a Zuckerberg un cambio de magnitud o de latitud? ¿Algo que va a cambiar la política para siempre?

Viendo el pleno del Congreso del pasado martes para, en teoría, informar sobre Adamuz, uno tendería a pensar que sí, que esto ya se ha torcido para siempre, pero luego también hay rayos de esperanza como ver la ausencia de decibelios en el Parlamento andaluz, aunque fuera justamente ahí donde ocurrió la tragedia y de donde son la mayoría de los fallecidos.
Por eso vuelvo a la carga y uso este altavoz para tratar de tener algún tipo de debate sobre uno de los temas invisibles que más me agobian: el gripaje del ascensor social. Las universidades privadas (42) están a punto de alcanzar a las públicas (50) mientras el gasto en instituciones públicas de educación superior es en España un 21% inferior a la media de la OCDE. La última pública se creó en 1998 mientras que, en estos 25 años, se han creado 27 privadas, triplicando su número.
La mayor densidad, ¡cómo no!, es en Madrid, que ha pasado de tener 6 públicas y 5 privadas a tener 6 públicas y 14 privadas, la mayor concentración de toda la Península. Y no son fundaciones sin ánimo de lucro como Harvard u otras excelentes universidades privadas, no, son un negocio. Legítimo, por supuesto. ¿Que cumple una función? Por supuesto, también. Pero con consecuencias sociales que hay que tener en cuenta.
El coste para los jóvenes de emanciparse sin carrera es enorme y se les multiplica el riesgo de pobreza
Jorge Galindo demuestra, con los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida 2025, que el coste para nuestros jóvenes de emanciparse sin carrera universitaria es enorme y se les multiplica el riesgo de pobreza. Así que, calculen, si casi la mitad de la población opta por la universidad privada con precios superiores al salario mínimo, no solo se trunca la aspiración de cohesión civil sino también la cohesión real, configurando a futuro una España de dos velocidades sociales. Añadamos a la ecuación el sesgo de los mecanismos informales de reputación, redes de contactos y de ajuste al mercado laboral y el cóctel está servido.
Hables con quien hables te dirá que la nueva ley del 2023 (LOSU) añade rigideces que complican la ya amplia carga burocrática de la universidad pública. Los compromisos de financiación no se han cumplido y hay muchísimos atrasos en pagos, tal como viene reclamando la Conferencia de Rectores (CRUE). E igual no me creen, pero estos últimos días he coincidido con varios profesores universitarios de distintas disciplinas y centros y todos ellos, cansados, insistían en lo mismo: el precio por alojamiento en Madrid fijado por la administración para invitar a dar una conferencia o proyecto de investigación a cualquier académico internacional es de 67 euros por noche, ¡ni un hostal! Hemos dejado de traer talento, te dicen resignados.
Todo esto no saldrá en los vídeos que ve mi hijo. ¿Pero no les parece que valdría la pena callarse un rato, centrarse un poco más y cambiar lo que sabemos que no funciona? Ni que sea ajustar los 67 euros a la realidad. No debería ser tan difícil.
