Opinión

Los años que nos quedan

A veces el arte resuelve las cosas por ti. Aunque no quieras, te arranca de tu pretendido orden mental resucitando antiguos temores que creías domados. “Me ha removido”, solemos decir, o “me ha movilizado” –a lo argentino–, como si el cuadro eléctrico de nuestro cuerpo se hubiera caído a medias y, al levantar los plomos, la luz fuese más cegadora. Me ocurrió con la última película de Isabel Coixet, Tres adioses, y además cumplí con otro tópico, el del sentirme reflejada: el arte también es un juego de espejos.

Una foto del rodaje de la película de Coixet 
Una foto del rodaje de la película de Coixet Greta de Lazzaris

Sin dramatismo ni morbo, me reconocí en la caja de resonancias que acompaña a la protagonista. Es la forma en que Coixet dispara al corazón, interrogándose sobre el sentido de la vida mientras cabalga las olas sutiles de lo que todavía no tiene nombre. Las emociones de una mujer a quien le diagnostican un cáncer cartografían un nuevo mapa sin orden ni concierto. Coixet consigue transmitir el silencio que se instala en el cuerpo cuando cada noticia es peor que la anterior. Frente a la pantalla, reconocemos la beatífica sonrisa del oncólogo, la máquina de TAC donde nos embutimos con tapones en los oídos, el corazón helado, los veranos azules en la retina… La cineasta me contó que esta película (sobre una enferma terminal que no lo aparenta) es una forma de exorcismo frente a la muerte.

Las gafas de Coixet son su cámara cotidiana: lo ve todo e invita a actos de subversión pequeños

Conocí a Isabel en los noventa, y a lo largo de los años he admirado su lucha, su humor y su finura artística. Más de treinta años poniéndose deberes cada vez más difíciles, porque lo suyo es una terquedad con champán, además de desayunar con críticas furiosas que el tiempo ha arrugado hasta la insignificancia. En sus películas, una conecta con esa necesidad de amar sin moralejas ni moralinas, pero también con la comida, la amistad, los libros, la ciudad y sus luces estallando sobre el cristal mojado, a lo Saul Leiter. “Uno acaba llorando cuando su percepción de las cosas se da por vencida, cuando ha perdido”, escribe Manuel Vilas en su último libro, Islandia , otro brillante exorcismo para sacudirse la negrura del desamor.

Las gafas de Coixet son su cámara cotidiana: lo ve todo y, en lugar de vivir de rodillas, invita a pequeños actos de subversión. Como el de esa Marta suya lamiendo un cucurucho de fresa en un arrebato de placer. ¡Y cómo disfruta del último helado de su vida!