
La guerra de mi padre
Mi padre, Segundo López Martín, nació en Sobradillo, pequeño pueblo salmantino. Fue el segundo de siete hermanos, en una modesta familia labradora. Estudió el bachillerato con becas y la carrera de Derecho con brillantez. Perteneció a los Estudiantes Católicos y simpatizó con Acción Popular. Terminó la carrera en junio de 1936. Su vocación y su expediente académico le abocaban a la universidad. Aquel otoño iba a ampliar estudios fuera de España. Pero, en julio, su proyecto se vino abajo. Estalló la guerra. Estaba de vacaciones en su pueblo. El domingo 25 de julio fue el último día en que la familia se sentó íntegra a la mesa, porque un hermano, Isidro, moriría, en el año 1938, en la cabeza de puente de Serós, y, durante el mismo almuerzo, mi padre anunció que, al día siguiente, se presentaría voluntario a las milicias de Acción Popular. Su abuelo Santiago, ya anciano, se levantó varias veces de la mesa insistiendo en que él también quería irse voluntario, hasta que su hijo, mi abuelo Juan, le dijo: “Usted, padre, se sienta, se calla y come”.

Aquel otoño, mi padre siguió el segundo curso de alféreces provisionales en Burgos. Al terminar, fue destinado al regimiento de Infantería La Victoria n.º 28, en el que sirvió como alférez hasta la madrugada del 27 de julio de 1937, cuando estando en primera línea durante la batalla de Brunete, fue herido en una rodilla. Recibió la primera cura en Griñón y, evacuado a Cáceres, en noviembre se le amputó la pierna izquierda. Tenía veintitrés años. Nueve veces fue intervenido luego, por complicaciones sobrevenidas. Y no salió del hospital de Oza, en A Coruña, hasta septiembre de 1939.
Los muertos de Paracuellos son mis muertos; los de Montjuïc y el Camp de la Bota también
Muchos años después, un amigo de mi padre, Aquilino Fernández Rodicio, también mutilado, me dijo: “En aquellos meses de Oza, tres internos pensamos en opositar: tu padre, a Notarías y Registros; Santiago Pedrosa Latas, a abogado del Estado, y yo a inspector del Timbre; los tres las ganamos”.
Mi padre regresó a su pueblo en septiembre de 1939. Al bajar del autobús, Rosa, su hermana pequeña, al verle con una pierna amputada y con muletas, se echó a llorar y, según ella me contó, él le dijo: “No llores, mujer, solo lo siento porque no podré bailar ni torear”. Ingresó en Registros en 1941 y en Notarías en 1942. Su primera notaría fue Alcanar, donde conoció a mi madre, María, hija del maestro Burniol, a quien el anterior notario de Alcanar, Enrique Comajuncosa, había confiado la custodia del protocolo notarial al trasladarse a otra notaría.
O sea que, al recoger el protocolo, mi padre conoció a mi madre. Y en Alcanar nací yo: Juan, por mi abuelo paterno, Juan López Arroyo, y José, por mi abuelo materno, Josep Burniol Isern. Después mi padre fue notario de Ripoll y, más tarde, de Calella. Ya enfermo dejó la notaría, sirvió un año en el Registro de Cervera, en Lleida, y murió en 1968. Dejó a medio leer un libro: Comentarios uni versitarios a la ‘Pacem in Terris’ (Tecnos, 1964). Tenía 53 años; yo, 22.
Pese al poco tiempo de que gozamos, hablé mucho con mi padre, y mucho le debo. Un día me dijo: “Lee lo que quieras, pero procura que sea variado”. Así era él. Nunca hablaba de sí mismo, y casi nada de la guerra. Intento recordar y no soy capaz. Por eso creo que lo honesto es dar cuenta de lo que pienso yo, porque a él se lo debo. Y lo concreto así: los muertos del Cuartel de la Montaña y de Paracuellos son mis muertos; los de Badajoz y Málaga, también lo son. Los muertos en Montjuïc hasta enero del 39, son mis muertos; los muertos en Montjuïc y el Camp de la Bota de años posteriores, también lo son. Los exiliados de 1939 son mis exiliados. Y cuando leo que la madre de Antonio Machado le preguntó a este, cuando se iban a Francia: “Antonio, ¿cuándo llegamos a Sevilla?”, se me parte el alma.
Por eso bendigo la transición y a cuantos la hicieron, por permitirnos al menos soñar con una España en paz y concordia. Y superando la ira, el único pecado capital que a mis 80 años aún me asalta, al pensar en cuantos nos enfrentan de nuevo, imploro así a Dios: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
