Opinión

El funeral de la esperanza

Presencié —más que simplemente observar— por televisión las exequias oficiadas en Huelva, el anterior día 29, por quienes perdieron la vida en el siniestro ferroviario de Adamuz. Al concluir me sentía impactado y satisfecho. Afectado por la magnitud del desastre: las existencias segadas, los hogares fracturados y porque, a pesar de todo, no se escuchó en el recinto polideportivo transformado en espacio de rezo ningún término ofensivo, no se percibió ninguna acción inapropiada ni se notó comportamiento negativo alguno. Y honrado, por la manera modélica en que transcurrió la ceremonia: organizada con acierto, sobria, deferente y emocionante; el rito, cuidadoso y dinámico; el sermón, humilde y reconfortante,
y, para concluir, una participación verdaderamente extraordinaria de Liliana Sáenz de la Torre, hija de una de las víctimas.

 
 Jose Manuel Vidal / EFE

Justamente debido a la excelencia de su discurso, aparte de emocionado y satisfecho, percibí una sensación de esperanza. Su alocución se distanció por completo de la retórica común de nuestros líderes, la cual suele enturbiar nuestra armonía social. Aquellas expresiones, reflexionadas y sumamente equilibradas, redactadas con acierto y pronunciadas con maestría, me condujeron del asombro al respeto profundo. Se refirió con una pena contenida a los hechos ocurridos; expresó su gratitud, de forma directa y pormenorizada, a cada persona que auxilió y colaboró con los damnificados; asimismo, agradeció a quienes acudieron a las exequias, contemplando a quienes lo hacían “por agenda”; reafirmó el afecto hacia los parientes fallecidos, doliéndose por la ausencia definitiva que provocan, y no evitó asunto alguno, tratando con franqueza la demora en las comunicaciones, la urgencia de investigar a fondo para esclarecer lo acontecido y prevenir su reiteración, además de abordar la división en la sociedad.

La conclusión de su discurso, pronunciada con ritmo lírico, resultó ser una abierta expresión de creencia cristiana, plasmada al describir a Andalucía como “tierra mariana” y al citar en verso diversas figuras marianas de Andalucía. Justo aquel detalle me generó una ilusionada expectativa, debido a lo que representa como reivindicación de unos orígenes cristianos sin los cuales Occidente se marchita.

Durante el rezo por los damnificados de Adamuz se hizo evidente que el origen cristiano permanece plenamente vigente.

En las postrimerías de su vida, François Mitterrand evocó que “fue Paul Valéry quien dijo que la cultura europea está fundada en la filosofía griega, el derecho romano y la teología cristiana”. Idéntica idea manifestó el filósofo Xavier Zubiri en su texto Naturaleza, historia y Dios (1962): “La metafísica griega, el derecho romano y la religión de Israel, dejando de lado su origen y destino divinos, son los tres productos más gigantescos del espíritu humano”. Es decir: el raciocinio, la independencia, la propiedad privada como condición necesaria para la libertad, y el predominio del bienestar social, que es la manifestación política del precepto de amor al prójimo que fundamenta el Sermón de la Montaña, el punto central del Nuevo Testamento. Este es el pilar de Occidente, de la cultura occidental, que se sintetiza en la premisa de que cada ser humano constituye, por sí mismo, el sujeto exclusivo y singular de su propia biografía.

Durante el siglo XVIII, la Ilustración defendió que la conducta de la ciudadanía no debe estar dirigida por el peso de lo pretérito –la tradición–, sino por un plan de porvenir –la razón–; que el ser humano debe anhelar asimismo la dicha en este mundo, y que todos los individuos cuentan con unos derechos irrenunciables idénticos, de donde surge la paridad básica entre todos. La cultura cristiana u occidental, transformada así por la Ilustración, se ha concretado, entre otros aspectos, en dos conquistas de relevancia mundial y vasta repercusión histórica: los derechos humanos y el Estado democrático de derecho, que deben custodiarse para que formen parte del legado global y avancen con él. Sin embargo, para que esto ocurra es indispensable que la civilización occidental que los originó permanezca leal a su esencia, sin descartar ninguna de las tres contribuciones que la constituyen. Tampoco el cristianismo. Una de sus tres fuentes primordiales.

¿A qué se debe que redacte esto ahora? Pues al observar lo que ocurría en Huelva durante el sepelio, mi optimismo volvió a brotar. Este vínculo cristiano permanece plenamente vigente. Bastante más de lo que se percibe a simple vista. Sin duda, perdurará para siempre.

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