Opinión

Cómo añadir valor humano a la IA

EL RUEDO IBÉRICO

Dentro de unos años los seres humanos trabajaremos con sistemas de inteligencia artificial (IA) a los que daremos instrucciones hablándoles. Ellos, a su vez, nos mirarán a la cara e interpretarán el tono de voz y nuestra gestualidad para mejorar eficientemente la interacción que se desprenderá de nuestras órdenes. El campus semántico que manejemos en términos epistemológicos y la autoridad con la que hablemos tendrán relevancia cualitativa a la hora de añadir valor al resultado de la interacción humano-máquina.

Hablar con 1.500 palabras y pensar como un especialista no será lo mismo que hacerlo con 3.000 y un currículo generalista que hibride, además, capacidades técnicas y conocimientos sobre la condición humana. No solo porque el resultado variará en términos materiales, sino porque cualitativamente no será el mismo. Sobre todo, cuando incida en la cadena de decisiones que sustenta la gobernanza de organizaciones que, con el transcurso del tiempo y debido a la intensificación de los procesos de digitalización, incrementarán la automatización y reducirán la presencia humana en el valor agregado que está detrás de la oferta de bienes o servicios de que se trate.

  
  Joma

Pero si la amplitud y complejidad del campus semántico que da forma al pensamiento será importante, la autoridad con la que se dé plasticidad psicológica a lo que se dirá a las máquinas, lo será aún más. Un dato que pasa desapercibido cuando se reflexiona en voz alta sobre la IA, pero que, a medida que esta crezca en capacidades y autonomía, irá adquiriendo el estatus de una relación de poder que habrá que pensar y regular en términos políticos y no solo éticos.

No será lo mismo interactuar con una IA desde la incomodidad, la incertidumbre o, incluso, el miedo, que con la serenidad, el confort, la entereza de ánimo y la seguridad. Capas psíquicas de la interacción humano-máquina que actuarán como cualitativos de fondo que aumentarán o mermarán nuestras oportunidades a la hora de aprovechar las potencialidades que la IA nos ofrezca bajo nuestro liderazgo.

Esto plantea un escenario educativo muy complejo que no se improvisa. Tiene que desarrollarse dentro de un ecosistema cultural que habilite integralmente al ser humano para liderar su relación con los sistemas de IA. Más aun si estos, según escalen en su potencialidad autónoma y en su capacidad de computación e imitación cognitiva del pensamiento humano, nos obliguen a desplegar un empoderamiento cultural sobre ellos.

Si la IA va aproximándose a la adquisición de ser algo que quiere ser alguien consciente pero sin conciencia, entonces, el ser humano tendrá que aumentar cualitativamente su poder sobre ella si no quiere ser víctima paulatina de su sustitución.

Encontrar la fórmula que nos atribuya la ‘auctoritas’ sobre la IA es la gran tarea educativa de la humanidad

No será suficiente desarrollar una regulación que trate de controlar ese riesgo incidiendo a priori en el diseño algorítmico de la IA. Tampoco dotando al ser humano de una capa de pensamiento crítico que opere desgajada de la cultura, que es lo único que puede ampliar el campus semántico y dar profundidad y sentido a la reflexión sobre la condición humana.

Recordemos que la IA es ya una infraestructura de poder económico que no se detendrá en escalar y maximizar sus capacidades utilitarias. Entre otras cosas porque el soporte de innovación que la potencia no es crítico ni cooperativo en los intereses en presencia. Eso hace que la IA progrese sin propósito y que la formación del ser humano en habilidades prácticas vaya siempre por detrás de sus avances y sometida a una carrera sin fin que lo subordina a ella.

Solo un cambio educativo de base y de raíz podrá impedir que el progreso de la IA no vaya reduciendo el protagonismo agregado de lo humano respecto del desempeño sustancial que ejercerá el conocimiento algorítmico sobre el mundo del trabajo. Un cambio que tendrá que abordarse con urgencia, sin duda, pero con la profundidad de atribuir y garantizar al ser humano el valor indiscutible de ser autor del trabajo que resulte de cooperar con la IA. Urge pensar cómo educar para ello. Cada cambio de civilización ha ido de la mano de un cambio educativo que definía la excelencia humana. Una paideia que tendrá que definir cómo hacernos insustituibles frente a las máquinas dotándonos de una autoridad que vamos camino de perder en nuestra relación con ellas.

Precisamente enseñarnos para ejercer esa autoridad habrá de ser la clave de fondo que organice una educación que añada valor humano al trabajo que realicemos asistidos con IA. Una capacidad autoral que no piense a la máquina como una obra de arte, porque la IA nunca iluminará lo imprevisible por ella misma. Necesitamos una educación que garantice al ser humano la superioridad del impulso metafísico que dé sentido al mundo de las máquinas que estamos generando. Sobre todo porque lo estamos sustentando en una voluntad de poder artificial que interacciona con el mundo y con nosotros a través de una narrativa que solo sabe afirmar, al ser producto de un cálculo.

Encontrar la fórmula que nos atribuya la auctoritas sobre la IA que ahora no tenemos es la gran tarea educativa de la humanidad si queremos ser libres para decidir por ellas. Quizá por eso Jünger decía que la “superación y dominación espiritual del tiempo no se reflejará en que máquinas perfectas coronen el progreso, sino en que la época gane forma en la obra de arte”.