
Un lobo en el bolsillo
No cabe un alma. El tren destino Móstoles es una aglomeración de personas trabajadoras que regresan a sus viviendas del sur de Madrid, después de su jornada laboral en los barrios ricos del norte. De pie, unos cuerpos sostienen a los otros en el vaivén. Compartimos la piel y la respiración, mansamente. Hay que confiar la espalda, el pecho o las nalgas a gente desconocida que tiende a respetarse. Tengo tu cadera en mi cintura, no pasa nada. Este hombro que hay en mi boca no es personal. Ni nos miramos. De hecho, varias manos sostienen móviles que absorben las miradas. Y las mentes. Alcanzo a ver pantallitas por las que discurren vídeos, uno tras otro hasta el infinito.

Es un vagón de trabajadores que regresan a sus casas enchufados al móvil. Lógico. A saber a qué hora salieron de la cama, cómo era el colchón, qué trabajo han estado haciendo. No se van a poner ahora a leer a Schopenhauer. Ni a pensar en su futuro. Lo normal es entregar las neuronas a la pantallita y que el algoritmo haga de ti lo que quiera.
Han creado para ti, con amor, imágenes falsas que no se distinguen de las reales
Cualquiera diría que el móvil es el nuevo opio del pueblo. La historia del sometimiento de las clases trabajadoras se renueva con fórmulas alucinantes. Pongamos que a finales del siglo XX unos gigantes tecnológicos inventan una maquinita que cabe en el bolsillo. Parece un teléfono. Al principio sirve solo para comunicarse desde cualquier sitio. Eso ya lo vuelve imprescindible. Pronto la comunicación no se reduce a tus contactos, se expande ilimitadamente. La cosa sirve también para guiar en carretera, informar del tiempo, comprar zapatos, ver noticias, todo. La inmediatez es una borrachera mundial. El móvil es ya tu oficina, tu banco, tu agencia de publicidad personal, con las redes sociales te pones en venta. No puedes vivir sin él.
Una vez creada la dependencia, la pantallita se convierte en la puerta de entrada de imágenes aún más adictivas: lo has dado todo y los gigantes te han radiografiado de pies a cabeza. Saben capturar tu ego y tu miedo. Y han creado para ti, con amor, herramientas que crean imágenes falsas que no se distinguen de las reales. Con los ojos en la pantalla y las neuronas hechas puré, entre un vídeo de perros y un like se inocula la mentira y hasta el fascismo. La ultraderecha crece, por ejemplo, en Móstoles. A ver cómo salimos de esta.
