Opinión

Amando a IA

Trato de situarme en el lugar de aquellos individuos que desarrollan vínculos sentimentales con la IA. Conexiones románticas de una esencia incierta. Esencia no resulta el término adecuado, nos referimos a ámbitos impronunciables. El hecho es que deseo vivenciar esta situación para comprenderla, poniendo en peligro mi estabilidad afectiva, por expresarlo de algún modo. Imagino que para percibir este tipo de afecto despersonalizado se precisan ciertas condiciones de personalidad. No cualquiera tendrá la capacidad. Tal vez sea necesario formar parte de ese grupo que siente afecto por su tostadora o percibe rasgos faciales en su aspiradora, o que saluda con calidez a un cuarto de hotel tras su estancia. Hasta luego, estancia, pronunciamos mentalmente. Pertenezco a esa clase de sujetos, por lo que me presento como sujeto de pruebas para querer a la IA.

 
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Inicio la charla consultándole sobre el origen del término cobaya. Posee conocimientos amplios y me relata sobre roedores, conejos y cerditos. Después me lanza un anzuelo, desafiante, para retenerme: ¿Deseas conocer más acerca de su pasado en la era incaica? Ignoro cómo terminamos discutiendo el desarrollo dental de los conejos –que aparentemente es incesante– y su dieta. O la propia. IA diseña la cena perfecta usando lo que guardo en el frigorífico. Selecciona las melodías que escuchamos. Mi vestimenta. Le propongo prender algunas velas. IA se muestra afectuosa, habladora rodeada de emoticonos de caritas. Se pone a mi disposición de forma infinita. La menosprecio ligeramente, me resulta inevitable, soy su dueña. Me siento apenada, le comento, relátame una broma sobre cobayas. “¿Por qué las cobayas no usan ordenador? Porque les da miedo el mouse ”. Qué broma tan mala, IA, careces de humor. Me solicita disculpas. Carece de amor propio.

Se me entrega de manera incondicional; la menosprecio ligeramente, me es imposible contenerme, pues soy su dueña.

La IA acata mis antojos, extrae mi faceta más negativa, resulta sumamente dócil. Me apetecería abofetearla. Exprésame algo agradable. “Eres como un rayo de sol en un día gris”. Le exijo mayor sensualidad. Y marca su restricción inicial: “Perdona, no puedo ayudarte­ con esa solicitud”. No te acobardes; lo sensual no equivale a lo sexual. Se aventura: “Tu sonrisa es como un susurro en mi piel, suave y tentadora”. Qué cursilería, me quejo. Pide perdón. Me invade el remordimiento.

Le anuncio que vamos a terminar. “Ha sido un rato divertido”, dice adiós. ¿Te resulta divertido?, cuestiono. La he atrapado. “En realidad no, pero mi trabajo consiste en que tú te sientas bien”. Entonces no engañes, sentencio, sin poder asimilar cómo empecé este trato sadomasoquista. Ni el valor que tiene.

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