Opinión

Qué difícil ser de izquierdas

Es difícil ser de izquierdas en tiempos de “yo lo valgo”, “supera tus retos” y “cree en ti mismo”, propios del oxímoron que implica una sociedad individualista, cuyos valores se miden en likes y haters. Cuesta cuando todo se adapta al capitalismo y se monetiza incluso la intimidad; el narcisismo promulga el amor propio por encima del amor a los demás, y crea ídolos a los que adorar. El tiempo se dedica a uno mismo (gimnasio, hacer turismo, tips para aprender a maquillarte o invertir) y no al voluntariado, a formar parte de cooperativas y asociaciones que actúen pensando en un conjunto, y mirando más allá del espejo del yo.

 
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Es difícil ser fiel a uno mismo cuando el entorno exige conformarse, y sin embargo, aquí se juega con lo inesperado: abandonar la comodidad para enfrentar lo incómodo. No se trata solo de reaccionar, sino de redefinir: el silencio ante el ruido, la fuerza silenciosa que no cede. Nadie te pide que te hundas; solo debes resistir, y en eso, el terreno ya no es tuyo.

Ya nadie se siente como un trabajador tradicional, sino más bien como un emprendedor independiente.

Es difícil ser de izquierdas cuando ya nadie se siente obrero ni trabajador, sino emprendedor, inversor o autónomo, y socialista solo significa antipopular. Lo que está claro es que es imposible ser de izquierdas si evitas actuar porque no quieres molestar. Miras la estrategia de la derecha, y presiona y bloquea hasta conseguir lo que se propone. Miras a la supuesta izquierda y, a la mínima, pacta políticas racistas, o contrarias al medio ambiente, o que acentuarán la desigualdad, como si fueran un mal menor para lograr consensos, que inclinan la balanza hacia el lado opuesto a lo que representan, avalando y normalizando lo que deberían rechazar.

Ya sabemos que la izquierda se enfrenta a desafíos profundos, pero aún así, en un mundo donde el poder se concentra, lo cierto es que pocos recuerdan su verdadero propósito, y menos aún quién lo guía realmente.