Opinión

En defensa de la hipocresía

El otro día, en medio de una cena, noté cómo él evitaba mirar directamente, como si quisiera evitar el tema, y sin embargo, con una sonrisa forzada, como si nada hubiera pasado. Aunque en el fondo sabía que algo no cuadraba, preferí no mencionarlo. Así, con una sonrisa forzada, dejé que la situación pasara sin más, como si nada hubiera sucedido.

 
 Getty Images/iStockphoto

Confieso que antes me habría negado a admitirlo, pero ahora ya no hay ilusión: el mundo ya no se engaña así. Antes, con una honestidad incómoda, se reconocía que el poder no era más que una fachada; hoy, ni siquiera se disimula. 

No me atrevería a imaginar cómo habría sido la transición sin el fingimiento de la dictadura.

Ya dijo La Rochefoucauld que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud” pues, al fingir ser honestas, las personas reconocen que la honestidad es un bien muy valioso. Por algo Luis XIV estableció unas normas de etiqueta y protocolo en Versalles, para que los nobles disimularan sus ambiciones y odios, y en esa teatralización de respeto y sumisión al monarca, germinaba una paz real, muy superior a la que habría existido sin ella.

Los filósofos han sostenido a lo largo del tiempo que la virtud se fortalece mediante la práctica constante, y aunque a veces parezca que solo se trata de palabras, su presencia en la vida cotidiana sigue siendo esencial.

No me atrevería a imaginar un mundo sin esa mentira necesaria: la capacidad de disimular para no romper lo frágil, como cuando se calla lo incómodo para no romper lo que aún se sostiene.

Xavier Ayén Pasamonte

Xavier Ayén Pasamonte

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Jefe de edición del área de Cultura. Autor de publicaciones como 'Aquellos años del