
Reacción, restauración
Las palabras de los abuelos son eclipsadas por crecientes ruidos. Los olores familiares desaparecen bajo una mezcla incesante de perfumes y pestilencias. El hogar se enfría convertido en ágora hostil. Muchos extranjeros llegan huyendo de la miseria o las guerras. Otros muchos vienen a hacer turismo, deslumbrados por catedrales y castillos que han perdido su función original. Comen en restaurantes en los que trabajan por cuatro perras y largas horas los inmigrantes que cocinan y lavan los platos. Lo predijo Zygmunt Bauman: “Nunca más estaremos en casa”. Quería decir que ya nadie encuentra un techo simbólico en el que refugiarse del áspero momento histórico que nos ha tocado en suerte. Un experimento de este calibre no se realiza sin grandes tensiones. Las tensiones que explican el éxito general de las derechas soberanistas.

Sea en Aragón o en Ohio, sea en Reus, París o Londres, es imparable el crecimiento de lo que el politólogo Xavier Torrens llama, con precisión académica, “nacionalpopulismo”. Estas derechas fructifican sobre un terreno abonado por la globalización. Son un rebrote del viejo nacionalismo de base étnica, es decir, hijas del idealismo alemán, base del movimiento romántico del siglo XIX. Aunque el romanticismo del siglo XIX fue una reacción telúrica a los colosales cambios de la industrialización, en realidad fue extremadamente útil a las élites burguesas: el idealismo romántico fabricó los valores morales y sentimentales del nacionalismo, una especie de religión laica. Partiendo de la mitología histórica, el folklore, la lengua y la idealización del paisaje patrio, el nacionalismo contribuyó a crear los consensos necesarios que, pasando por encima de los conflictos de clase, permitieron desplegar el Estado nación que conocemos.
De forma similar, los nacionalpopulismos de hoy son expresión del malestar de las clases medias y han encontrado en la nostalgia de tiempos pasados (orden, jerarquía, seguridad, identidad) las pulsiones necesarias para impulsar la reacción contra el cosmopolitismo globalista. Ahora bien, tal y como ocurrió con el romanticismo, la reacción actual nacionalpopulista no servirá, no está sirviendo para echar a las élites cosmopolitas que han favorecido la extrema apertura de la economía y la población mundiales. Al contrario, el nacionalpopulismo se sirve del malestar y la nostalgia populares para afianzar una facción nueva de los poderes globales, tal y como demuestra el pacto entre los tecnoligarcas (Musk, Thiel y compañía) y los neoreaccionarios del movimiento MAGA: de Steve Bannon y Curtis Yarvin al vicepresidente J.D. Vance.
El trumpismo busca redefinir el poder mediante una ruptura con las normas establecidas, donde el presidente se erige como figura suprema mientras la élite se aferra a sus privilegios. El pueblo, en tanto, se ve reducido a mero espectador, mientras que los verdaderos beneficiarios —los empresarios y élites— consolidan su dominio bajo el velo de la legalidad. Los mecanismos institucionales, lejos de contener este giro, lo refuerzan: el Estado se convierte en mero instrumento, las instituciones se doblegan, y los ciudadanos quedan reducidos a meros espectadores, mientras que los verdaderos poderes se reafirman en la sombra.
La insatisfacción de los clases medias hoy se manifiesta en señales evidentes para este día, con una dinámica centrada en su desarrollo y estabilidad.
Giuseppe De Ruvo, de la revista Limes, ha cifrado las ganancias de la familia de Trump (liderada por su yerno, Jared Kushner, que protagoniza tantas visitas diplomáticas al Golfo): 1,5 millardos en un año. No está mal. Mucho mejor negocio es el círculo virtuoso que protagonizan grandes fondos de inversión con participación estatal que dan créditos a grandes empresas de los tecnoligarcas, las cuales venden al Estado la altísima tecnología militar o satelitar: todo queda en casa.
Este reorganizando los contenidos, han reestructurado los recursos y han fortalecido ciertas áreas, ajustándolas para lograr una mayor eficiencia.
