
Un therian entre gatos y un lagarto
El patio digital
“Explora el mundo de la theriantropía en TikTok. Conecta con la comunidad therian con contenido divertido y atrevido”. El mensaje en la plataforma va acompañado por casi dos millones de publicaciones en las que los therians son los protagonistas. Esos jóvenes que se identifican con animales y han ocupado más tiempo en las pantallas de móviles en la última semana del que pasan disfrazados paseando a cuatro patas moviendo la cola.

El número de publicaciones en las redes es inversamente proporcional al número de therians. Son cuatro gatos. Literal. Y, aun así, proliferan los expertos impartiendo indicaciones sobre cómo hay que abordar la relación con esos adolescentes que, superado o no el dilema anterior sobre el género y el sexo, dicen sentirse más cerca de los animales que de la especie de sus padres. No es un problema psicológico, es una cuestión de identidad, repiten los especialistas en el fenómeno viral del momento en todas las plataformas.
Progenitores que “comprenden” y “toleran” la identidad animal de sus hijos, profesores que “entienden” y “permiten” las máscaras en clase… en Dinamarca. La discusión adquiere trascendencia cuando se intenta aplicar la praxis científica y el sentido común de toda la vida sobre un fenómeno alimentado por el algoritmo. En TikTok, Facebook y YouTube se pueden seguir tutoriales para ser un therian, lo que lleva a suponer que uno no nace therian, se hace. O se autopercibe.
Antes de empezar el tutorial, recomiendan tener las cosas claras: hay que saber la diferencia entre therians y furrys. Si los therians se identifican con animales, los furrys se centran en la creación artística de personajes animales antropomórficos: fursonas. Se trata de algo lúdico y creativo. Después puedes afrontar la transformación en cuatro pasos: exploración interna para vincular tus emociones a un animal determinado, investigar sobre lo que denominan “disforia de especie”, la sensación de ser un animal atrapado en un cuerpo humano; buscar tu comunidad; e integrar esa nueva identidad en tu vida ordinaria: estudios, trabajo…
Los therians de verdad y los que solo se disfrazan para colgar la juerga en las redes son virales, pero la existencia de este movimiento propio de comunidades digitales tiene más de treinta años. Lo nuevo es la proliferación de imágenes y lo viejo, los chistes digitales: “Si un therian me muerde, ¿me tengo que vacunar?”, “Uber baja a un therian porque no aceptan animales”, “Therian en adopción”, “Embu-therians: se identifican con los embutidos”.
Tras los comentarios jocosos, llegan las comparaciones: “No debimos criticar tanto a los burros”, “fuimos muy duros con los otaku -apasionados de la cultura pop- y los emos”, con sus flequillos, la ropa negra ajustada y el maquillaje. Aquello también era producto de la influencia de la cultura digital…
Hubo un tiempo en el que la identificación con los animales era menos festiva que las “quedadas” de therians, aunque acaben como rebelión en la granja, con heridos y detenidos. La intransigencia no entiende de especies. Con menos publicidad en las redes y los mismos haters pasaron de largo las denominaciones transespecie u otherkin, personas que incluso renunciaban a sus derechos humanos para regirse por las leyes de protección animal.

Y luego están los artistas. Erik Sprague, el hombre lagarto, acabó trabajando en espectáculos tipo freak show. Hasta hizo alguna película con su lengua bífida e implantes subdérmicos. También las exmujeres despechadas, como Jocelyn Wildenstein, conocida como la mujer gato o mujer pantera.
Wildenstein se sometió a decenas de intervenciones de cirugía estética —se calcula que invirtió cuatro millones de euros— para tener un aspecto felino: liftings, implantes de pómulos, aumento de mandíbula. Se rumoreó que quería complacer a su marido, un fanático de los animales salvajes. No lo logró. El divorcio se saldó con 2.500 millones en su cuenta y la gata persiguiendo a las amantes de su exmarido. A pesar de la fortuna, estuvo a punto de ser desahuciada por no pagar el alquiler de su apartamento en la Torre Mundial Trump, uno de los edificios del hoy presidente en Manhattan. Trump no tiene animales en casa.
