Opinión

Sube el sinhogarismo en todo el

La mayoría de la población mundial tiende a concentrarse en las grandes metrópolis. Y en la mayoría de las ciudades, por tanto, hay una gran presión migratoria y una falta grave de vivienda asequible para los recién llegados, con papeles o sin papeles, y para los ciudadanos locales con menos ingresos. Estas son las principales razones que explican el creciente aumento global de los sintecho, como se conoce a las personas que viven en las calles. La falta de un lugar para vivir es el símbolo más extremo de la pobreza y de la marginación social. También hay muchas otras personas que caen en la exclusión total, que les arroja a vivir en la calle, como consecuencia de desgracias familiares, de enfermedades mentales y de los efectos de adicciones a diversas sustancias, desde el alcohol hasta el crack o la cocaína. Esto pasa en Barcelona, Madrid, Roma, París, Nueva York y muchas otras capitales del mundo rico, por no hablar del drama extremo que viven las ciudades de los países en desarrollo y pobres que engloban el llamado Tercer Mundo.

La solución más inmediata para los sintecho, en cualquier ciudad de países como el nuestro en que se encuentren, está en los albergues sociales, en las viviendas de emergencia y en las ayudas de los servicios de asistencia social, que siempre son insuficientes. La solución de los problemas de fondo no se ha encontrado, porque el número de personas y familias que se hallan en el umbral de la pobreza crece sin cesar en todas partes. Esto es algo que han de tener en cuenta los alcaldes de todas las ciudades para incrementar los presupuestos sociales y su respaldo a las diversas ini­ciativas –tanto públicas como privadas– de apoyo a los sintecho.

El difícil acceso a la vivienda dispara el número de

Gran parte de las urbes hallan obstáculos para censar fielmente a los individuos que residen en la vía pública, los carentes de techo, o aquellos en circunstancias de vivienda deficiente o saturación en locales, fábricas en desuso, asentamientos efímeros o centros de acogida, colectivos que se agrupan bajo la noción de sinhogarismo.

París, en su último recuento del 22 de enero, determinó que al menos 3.857 personas durmieron ese día al raso, por ejemplo. La Ciudad de la Luz suma 1,82 personas sin hogar por cada mil habitantes, frente a las 1,16 personas en Barcelona, que en números absolutos suman unas 2.000 aproximadamente. En ambos casos, el recuento de este invierno es el más alto desde que se tienen registros. Los datos de París también muestran un crecimiento vertiginoso de los campamentos –de 214 a 721 personas viviendo en grupos en un año–, en una tendencia que también crece en la capital catalana. En la capital francesa, además, hay que sumar a unas 44.000 personas que viven en alojamientos oficiales de acogida.

En la ciudad más rica del mundo, que es Nueva York, el problema del sinhogarismo y los sintecho es todavía mayor, sin que hasta ahora se hayan podido arbitrar soluciones suficientes y eficientes. Baste decir que en la Gran Manzana hay unas 140.000 personas que pasan la noche en la red de albergues a diario y unas 4.500 lo hacen al raso o en vagones del metro.

En Roma, la Comunidad de Sant’Egidio, que trabaja desde hace años sobre el terreno, calcula que unas 8.000 personas están acogidas en distintas instituciones de la ciudad y que unas 3.000 viven actualmente en las calles, sin contabilizar las que lo hacen en los bosques y zonas agrícolas del entorno. La cifra concreta está pendiente de un recuento oficial.

Draft 3:* La situación empeora

En esta ciudad dicha comunidad impulsa proyectos como Housing First, un modelo nacido en Nueva York en los años noventa, en el que en lugar de obligar a las personas sin hogar a pasar por un recorrido escalonado de albergues, se les asigna una vivienda autónoma con acompañamiento social personalizado para favorecer su inserción. Esto ha permitido que mucha gente haya logrado rehacer su vida así, según señalan sus promotores.

Esta iniciativa es una vía de solución muy efectiva para los sinhogar que también se aplica en Barcelona desde los servicios sociales municipales y desde organizaciones como Cáritas y Cruz Roja. Pero los recursos dedicados a ello son claramente insuficientes, tanto en la Ciudad Eterna como aquí. Al margen de las particularidades de cada ciudad, está claro que el problema es general, supera a cada ciudad y habría que compartir soluciones globales.

Aumentar los recursos para acoger a la gente que vive en la calle o en lugares inadecuados es un acto de justicia y de caridad, aunque también de interés propio para las ciudades y sus ciudadanos, que se quejan de la degradación del espacio público que supone el problema del sinhogarismo.