
La última embestida
FUTUROS IMPERFECTOS
Lo bueno de Donald Trump es que siempre tiene una idea en la cabeza, lo malo es que, a menudo, sus ocurrencias nos pueden arruinar la vida. Con el hombre naranja en la despacho oval, nunca es un día más en la oficina. O como escribió Michael Wolff, biógrafo de Trump, no hay nada más extraño e inquietante que una jornada que transcurra con puntualidad y sin sobresaltos en el ala oeste de la Casa Blanca.

El presidente americano es un político que no soporta que le lleven la contraria, pero al mismo tiempo resulta un personaje al que le encanta vivir en el caos. La ira es su mejor combustible para su desbocado narcisismo, pero al mismo tiempo constituye el mejor reconstituyente cuando algo no va como había previsto. Le encanta divagar e improvisar, así que a menudo deja a sus colaboradores ojipláticos, convencidos de que lo único positivo de formar parte de su equipo es poder ayudar a que no suceda lo peor. Trump está convencido de sus incuestionables certezas, por muy absurdas que sean, así que trabajar con él es como ser el violinista del Titanic después de chocar contra el iceberg: tienes que seguir tocando aunque el barco se hunda porque el capitán quiere seguir bailando Y.M.C.A., por más que el violín esté rodeado de burbujas.
Trump avisa que puede hacer cosas terribles a los países extranjeros (es decir, nosotros)
La última amenaza de Trump es subir los aranceles “con otros más poderosos y nocivos”, pero bajo otra normativa, como venganza porque el Tribunal Supremo anulara su capacidad de imponer tributos a otros países pues la medida debía aprobarla el Congreso. Por ello ha insultado a los miembros del tribunal, especialmente a los magistrados conservadores que se le rebotaron y ha amenazado al mundo diciendo que puede hacer cosas terribles a los países extranjeros (es decir, nosotros), especialmente a aquellos que “nos han explotado durante décadas”.
El mundo asiste a una prueba de resistencia con un personaje sin brújula, ni carta de navegación. Un déspota que, de tanto amenazar, ha dejado de ser creíble. Si Hans Christian Andersen nos explicó en un cuento que el rey estaba desnudo, nos falta un narrador que nos diga que el nuevo emperador no solo ha perdido la corona, sino también los papeles.
