Opinión

El gran Edgar

En cierta época me dio por investigar sobre la colonia de cineastas españoles que trabajaron en Hollywood en los albores del cine sonoro y, por supuesto, me detuve en la figura de Edgar Neville, que dirigió allí un par de películas. Algún tiempo después, mientras preparaba una antología de cuentos sobre la Guerra Civil, di con uno suyo, literariamente excelente aunque políticamente tendencioso, que formaba parte del volumen Frente de Madrid. Desde entonces (y han pasado ya bastantes años), no había vuelto a Neville hasta que hace poco me invitaron a intervenir en un documental sobre su vida y milagros, lo que me ha servido de excusa para revisar sus películas.

   
   LV

Digámoslo ya: Edgar Neville era todo un personaje, y lo sorprendente es que no se hayan hecho más películas sobre él. Aristócrata, escritor y director de cine, pero, sobre todo, bon vivant, Neville ingresó en la carrera diplomática con el único propósito de viajar y conocer mundo. Donde hubiera una posibilidad de pasárselo bien, allí estaba él. Cuando fue destinado en Estados Unidos, se las arregló para instalarse en Beverly Hills, en una casa contigua a la de su compañero de parrandas Charles Chaplin, desatendiendo con admirable disciplina sus obligaciones como diplomático.

Eran los años de las primeras películas habladas y los estudios de Hollywood hacían versiones en diferentes idiomas de sus propias películas. Neville, que trabajó en las versiones en español, aprovechó además para encontrar colocación a algunos de sus amigos, como Enrique Jardiel Poncela, José López Rubio, Eduardo Ugarte o Antonio de Lara (Tono), miembros de la que se ha llamado “la otra generación del 27”, no la de los poetas sino la de los humoristas. En las fotos de aquellos años los vemos siempre riendo, siempre bromeando, rodeados de famosos que los trataban con afecto y los invitaban a sus fiestas. ¿Qué más se podía pedir?

Para salvar el pellejo, Neville tuvo que abjurar de su pasado, afiliarse a Falange y colaborar en películas de propaganda

¡Ah, pero la felicidad nunca es duradera! Cuando los estudios se dieron cuenta de que el doblaje salía más barato que las dobles versiones, todos esos cineastas fueron enviados de vuelta a casa. Neville, que había abandonado España en años todavía tranquilos del reinado de Alfonso XIII, regresó cuando las tensiones políticas amenazaban con dinamitar la Segunda República.

Cuando los tiempos se vuelven convulsos, nadie es dueño de su destino, y el ser humano acaba renunciando al querer ser en favor del poder ser. Es lo que le ocurrió a Edgar Neville, que tras la sublevación militar de julio del 36 no tardó en arrepentirse de su breve militancia en el partido de Manuel Azaña. Creyó que la solución era reincorporarse al cuerpo diplomático para escapar de Madrid y, traicionando a las autoridades republicanas que habían confiado en él, llegar a la zona nacional. Pero las cosas no eran tan sencillas. En la España de Franco no se perdonaban los antiguos devaneos y, para salvar el pellejo, tuvo que abjurar de su pasado afiliándose a Falange y colaborando con fingido entusiasmo en películas de propaganda que causan sonrojo por su ferocidad y su dogmatismo.

Los detalles del proceso de depuración (incluido el castigo al que se sometió a su pareja, la actriz Conchita Montes) los rescató Juan Antonio Ríos Carratalá en un libro memorable cuyo título, Una arrolladora simpatía, explica por qué a alguien como Neville, tan encantador, estaríamos dispuestos a perdonarle todas sus traiciones: la traición a la República y, sobre todo, la traición a sí mismo. ¿Cómo no perdonárselas si lo único a lo que aspiraba, como nos ocurre a todos, era a seguir trabajando en lo que le gustaba y a gozar de la vida sin hacer daño a nadie?

En tiempos de turbulencias totalitarias, los liberales como Neville están siempre a la intemperie. Que, temeroso de las posibles represalias de la España franquista, eligiera irse a hacer cine a la Italia de Mussolini resulta bastante elocuente. Solo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, con el régimen de Franco forzado a una rápida desnazificación, pudo Neville volver a hacer las películas que le apetecía, muchas de las cuales expresan una nostalgia de una sociedad, la de la Restauración borbónica, en la que los españoles de las distintas clases sociales vivían en armonía, una belle époque que seguramente no existió más que en la imaginación del propio Neville.