
Después del diluvio
Las sospechas de abusos, violaciones y torturas ejercidas sobre menores aflora una y otra vez en el último paquete de tres millones de páginas que todos podemos consultar accediendo a la página del Ministerio de Justicia estadounidense. Ante esa cantidad de material nada estructurado, a todos nos invade cada vez más la convicción de que la sobrecarga informativa está destinada a confundir a la opinión pública y a fragmentar responsabilidades. Una estrategia que no es nueva: liberar ingentes cantidades de datos en bruto para que la saturación dificulte el análisis. Y mientras la catarata de informaciones nos mantiene subyugados, solo una persona en la cárcel: Ghislaine Maxwell.

La sensación es que, desde el extraño suicidio de Epstein, las investigaciones no avanzan. Se agilizarían si aumentaran las denuncias de las víctimas, pero, ¿qué ganan ellas? El caso de Virginia Giuffre es su modelo. El largo periplo que emprendió para relatar sus vivencias estuvo trufado de disgustos, críticas y acoso mediático. En abril pasado se suicidó: una más de las sospechosas muertes que rodean el caso. Su ejemplo no anima a que las potenciales víctimas, que podrían contarse por centenares, se animen a denunciar. Tienen poco que ganar y mucho que perder: acoso en las redes, comentarios desagradables sobre su grado de “colaboración” y esa vergüenza que solo deberían sentir los verdugos, pero que a menudo sienten las víctimas. Muchas eran entonces adolescentes de pequeños pueblos de Europa del Este, tal vez ni siquiera tengan medios para plantearse una denuncia.
¿Qué ganan y qué pierden las víctimas del caso Epstein con denunciar?
El sistema sigue protegiendo a los depredadores, y tal vez solo una sólida colaboración internacional podría gestionar con agilidad y garantías un asunto de esta magnitud. Así las cosas, puede que nunca lleguemos a saber ni la cuarta parte de la verdad.
Y que al final, tras el diluvio de datos, solo quede en la memoria lo más llamativo y lo más grotesco: el bobo de Andrew Mounbatten a cuatro patas encima de una joven tendida en el suelo. O los repugnantes comentarios entre depredadores que se creen graciosos. En un e-mail, Epstein prometiéndole “gambas muy rosadas” a Olivier Colom, exconsejero de Sarkozy. “Ya sabes cómo se comen –añade–, tiras la cabeza y te quedas el cuerpo”.
