
Evaluación macabra
Cada mañana, de cinco a siete, miro documentales sobre genocidios. A esa hora tengo fuerzas para enfrentarme al Mal Absoluto (más tarde, ya no). Empecé antes de la pandemia. Tal vez percibí señales de que algo siniestro se acercaba, tal vez creí llegada la hora de profundizar en los resortes de la barbarie humana, tal vez recordé que no hay peor ciego que el que no quiere ver, no sé.

Ahora estoy viendo Shoah, de Claude Lanzmann, un clásico que Filmin acaba de estrenar en su versión remasterizada. Lanzmann alcanzó su meta: transportar el Holocausto al presente sin imágenes de archivo. En concreto, al presente de los años ochenta, que nos queda relativamente cerca. Todo es paisaje donde las huellas de lo ocurrido en Treblinka, Sobibor o Auschwitz son aún visibles. Detecto en Lanzmann un esfuerzo continuado por ser preciso y por mantener la suspensión del juicio: ninguna banalización, ninguna opinión, sólo su imperiosa necesidad de no perderse una sola palabra del testigo, de la víctima, del verdugo.
¿Debemos asumir que ciertos genocidios ameritan más clemencia que otros?
Me detengo un momento para consultar una referencia del documental y llego a un post de Facebook donde Filmin informa de su estreno. Debajo, figuran dos opiniones: “¿Para cuándo el documental de los más de cien millones de personas asesinadas por el comunismo?” Y “¿Para cuándo el documental sobre el holocausto de los palestinos?”. Las cuestiones son malintencionadas, dado que abundan los documentales (en Filmin, concretamente) vinculados a esos dos asuntos. Saltando de comentario en comentario, noto que hay muchos perfiles que comparten sus “preferencias” sobre distintos genocidios, infravalorando unos y ensalzando otros. Nada sorprendente, la verdad. Aunque sí arriesgado.
¿Hemos de suponer que unos genocidios merecen más indulgencia que otros? ¿O que merecen menos compasión las víctimas de Darfur o los rohingyás de Birmania, ya que casi nadie los pone en el ranking de popularidad? ¡Qué locura puntuarlos en función de la ideología propia! Otra cosa es analizarlos: reconocer la especificidad de cada uno es obligado, pero establecer jerarquías y ponerlos a competir entre sí es un síntoma escalofriante.
Dejo el concurso de genocidios para algún productor de telerrealidad distópica y me centro de nuevo en la voz del maquinista del campo de Sobibor. Sobre su relato desgarrador de lo que presenció entonces se superponen todos los relatos de deshumanización totalitaria: el de los camboyanos por los jemeres rojos, el de los rohingyás, el de los gazatíes... Cada genocidio es único, pero en cada víctima resuena la misma voz.
