
Eviscerarse creando
Veo a un buen número de jóvenes haciendo cola en el CCCB para que el Nobel László Krasznahorkai les firme uno de sus libros (el húngaro advierte a uno de sus seguidores que se fije bien porque, al salir a la calle, la encontrará llena de ángeles, y al chico se le iluminan los ojos). Leo cómo profesores de universidad afirman que –pese al déficit de atención como rasgo de nuestros tiempos digitales– tienen alumnos brillantes que leen, procesan y crean. Certifico que, para cantarle al amor, nuestros clásicos no son el único camino, sino que brotan nuevas voces, como la de la colombiana Aurora H. Camero (Bogotá, 1994), quien en La vía sutil (La Bella Varsovia) muerde sus heridas, vierte en las páginas su alma y su deseo y proclama: “El amor es una espina / que sé dónde / colocar”.

Camero vive en Madrid desde los 18 años y dice: “Si escribo es para eviscerarme; quien me lee, intima conmigo”. Hace unos días, su compatriota Yeisson Vargas Rendón, residente en Alicante, ganó el premio de relato migrante organizado por Centroamérica Cuenta y la UNAM, con una intensa historia que traza sugerentes paralelismos entre la construcción de una vida, sus fragilidades y las de un edificio.
Vargas es un escritor nato, que ha trabajado de peón en diversas obras, y ha sabido extraer de ahí oro literario. Como la salvadoreñobarcelonesa Valeria Guzmán, finalista con un relato que sitúa en Sant Gervasi, donde unos empresarios nostálgicos de la gauche divine tienen a un montón de inmigrantes colocando unos productos made in China en unas cajitas distintas para que pasen, a ojos del público incauto, por kilómetro cero. Son los temas y los ambientes que leeremos en las novelas de mañana.
Para cantarle al amor, nuestros clásicos no son el único camino, sino que brotan nuevas voces
Estos nombres y muchos otros, nuevos para mí, me hacen pensar que algún día alguien explicará cómo el mundo global y la inmigración latinoamericana han enriquecido Europa, España y Catalunya no solo en lo empresarial (que es mucho) sino en lo literario. Hay un milagro cultural que acompaña al económico.
A veces oigo a gente del mundo artístico exclamar, displicentemente, que aquellos años (es igual: los setenta, los ochenta, los noventa, los 2000...) Sí que eran creativos, combativos y repletos de cosas nuevas. Yo, en cambio, quisiera ser joven hoy, para tener más años por delante para leer, mirar y escuchar todo lo que esta gente va a producir.

