
Postal de El Cairo
En la carretera que une El Cairo con las pirámides de Guiza abundan los grandes carteles con imágenes de faraones. Entre ellos, de tanto en tanto, se cuela uno de Abdul Fatah al Sisi, actual presidente egipcio: un mensaje subliminal fácil de descifrar. En la carretera de El Cairo al aeropuerto –de noche, un luminoso festival publicitario– abundan las vallas con el rostro de Al Sisi. No hace falta que se acerquen elecciones, cualquier época es buena para poner su foto al lado de lemas como “¡Estamos contigo!” O “El favorito de los egipcios”.
Este exmilitar, que tomó el poder en el 2014 tras derrocar al presidente islamista democráticamente elegido Mohamed Morsi
–muerto en prisión en el 2019– no le hace ascos al
culto a la personalidad. Al contrario.

Tomo notas para esta postal en un día ventoso. Hay tanta arena del desierto suspendida sobre El Cairo que los edificios cercanos se desdibujan envueltos en una niebla parda. El polvo es omnipresente, irrita las gargantas y produce carraspera. En algunos restaurantes con terraza los platos se sirven protegidos con film transparente. El sol es tan solo un disco sin brillo tras el velo arenoso que todo lo tapa.
Todo, menos el ruido. El Cairo es una ciudad caótica y muy ruidosa, una urbe con 25,5 millones de habitantes, la séptima más poblada del mundo y la primera no asiática, según datos de la ONU del 2025. Los muecines llaman a la oración desde sus minaretes cinco veces al día, pero da la sensación de que su reclamo no cesa, amplificado por las potentes megafonías del medio millar de mezquitas de la ciudad. Sin embargo, el estrépito mayor lo proporciona el tráfico rodado, con su estridente e insomne guirigay de bocinazos.
La capital egipcia es la séptima ciudad más poblada del mundo, y la primera no asiática
Los conductores tocan el claxon para advertir a los de otros coches que el suyo va a pasar primero; o para que el automóvil de delante se haga a un lado; o para alertar a los peatones que se echan al asfalto, muy escaso de semáforos y pasos cebra, y serpentean entre vehículos veloces, en un arriesgado intento por ganar la acera opuesta. Los coches rozan fémures y pelvis sin parar (y es de suponer que los fracturan a menudo). Las carrocerías de los coches están profusamente rayadas. En medio de este pandemónium, los conductores usan el móvil de continuo. Los que van en moto, siempre sin casco, también. Algunas motos llevan hasta cuatro pasajeros a la vez. Para quien
llega de un país con código de tráfico
en vigor, El Cairo constituye el paraíso del infractor.
Paradójicamente, no faltan uniformados en las calles. Sobre todo, militares, equipados con protecciones tipo tortuga Ninja y bien armados. O policías apostados a las puertas de museos y mezquitas, siempre dispuestos a tender la mano para recibir un billete. Este tipo de mordidas está tan extendido que los guías veteranos las llaman “dar los buenos días”. Los egipcios, que suelen ser amables, bienhumorados y tranquilos, conviven con todo eso como pueden. Se trata de sobrevivir en un régimen autoritario. Al Sisi, que se presenta como figura providencial, ejerce su poder con puño de hierro.
El gran atractivo del Museo Nacional de la Civilización Egipcia, inaugurado en el 2021, es la colección de veintidós momias reales, entre ellas las de Ramsés II, Seti I o Hatshepsut. Ver a los reyes de Egipto allí reducidos a mera atracción turística da que pensar. Con lo poderosos y venerados que fueron en su día.
Salí de ese museo preguntándome dos cosas. Una: ¿Ya conoce el faraón Al Sisi el destino que le aguarda? Dos: ¿Qué pasaría si en nuestro país se montara una necrópolis museística similar, debidamente acondicionada, con las momias de nuestros queridos líderes, presentes o pasados? ¿Iría tanta gente a ver sus cuerpos embalsamados, sus rostros resecos como de cuero? Quizás no, porque los tenemos muy vistos y no hay prestigio que sobreviva a nuestra sociedad hipercomunicada y con redes sociales envenenadas. O quizás sí, para asegurarse de que han transitado, como los faraones, de la vida cotidiana a la inmortal. Y que allí siguen, sin posible regreso, pese a su condición de inmortales.
