Opinión

¿La ley de las consecuencias imprevistas?

LA COMEDIA HUMANA

Bueno. Otra vez a la guerra. A ver si la respuesta de los ayatolás precipita la ley de las consecuencias imprevistas y Estados Unidos acaba enviando tropas de tierra a Irán. Hoy diríamos que no. El plan de Donald Trump y Beniamin Netanyahu es una intervención quirúrgica (perdonen el eufemismo) para liquidar al régimen iraní.

Pero nada es imposible una vez que empieza el intercambio de misiles. Nada es imposible con el carnicero de Gaza y nada de nada es imposible con Donald Trump. Por un lado, está bajo el asedio del caso Epstein­ y le urge cambiar de tema. Por otro, desde su operación especial venezolana, al niño le excita interpretar el papel del presidente guerrero. Las fuerzas armadas son su nuevo juguete.

  
  Oriol Malet

Pero Irán no es Venezuela. Son unos mafiosos los que mandan, pero ante todo son fanáticos religiosos que no temen dar sus vidas por la causa. Más que nunca, vista la debacle de la aventura rusa en Ucrania, cualquiera con un mínimo de sensatez debería preguntarse qué sentido tiene que una potencia se vuelva a lanzar a la guerra. Si Trump no tuviese la memoria histórica de un mosquito, sabría que los precedentes para Estados Unidos no son buenos.

Desde 1945, un fiasco tras otro. La guerra de Vietnam, una derrota para Estados Unidos. La de Afganistán, como antes la de los soviéticos, derrota. Irak: otra derrota para Washington. Llama la atención como Estados Unidos, y también Rusia, siguen venerando a sus fuerzas armadas como si no hubiese nada más noble, o más útil, que ser un soldado. Nada más inútil, más bien, en la nueva era de drones, material que Irán domina. Hoy una niña de 12 años con cierta habilidad para los videojuegos podría llegar a ser igual de eficaz en el campo de batalla que un Rambo. Como mínimo toca cambiar la antigua idea que tenemos del retrato de un guerrero.

Vi un retrato en un reportaje esta semana de la BBC desde Rusia en el que aparecían carteles al lado de una carretera animando a los rusos a combatir en Ucrania. Jóvenes vestidos de verde con la mandíbula cuadrada, los hombros anchos, empuñando sus fusiles con resolución patriótica: una imagen que cuadra con los memes que Trump pone en las redes sociales.

Hoy podemos decir que Rusia pierde, Ucrania pierde y nadie ganará; ¿pasará algo parecido en Irán?

Entrados ya en el quinto año de la guerra rusa en Ucrania, podemos decir con seguridad que aquella imagen del cartel es trágicamente anacrónica. Da igual que esos pobres chicos sean fornidos, patriotas o valientes: acabarán como carne picada. Y podemos decir también, con más seguridad todavía, que Rusia pierde, Ucrania pierde y nadie ganará. ¿Pasará algo parecido en Irán?

Hubiera sido bonito pensar que la lección de Ucrania para Rusia, para Estados Unidos y para todos sería que se impondría la lógica y se acabarían las guerras. Es lo que diría la inteligencia artificial. Pero de momento, como vemos, no ocurrirá porque la pasión –exprésese en odio, o resentimiento, o avaricia, o en cualquier otra variante de la vanidad– vence a la inteligencia humana.

Consideren lo absurdo de esta guerra a gran escala que Rusia inició el 24 de febrero del 2022. Valga la redundancia, fue opcional, como el asalto de EE.UU. A Irán ahora. Fue producto del capricho de un señor trastornado por, precisamente, su vanidad, aquella que idiotiza y ciega, como a su amigo Trump. Putin pensó que tomaría Kyiv en tres días y miren los resultados 1.466 días después. El sueño se ha convertido en una interminable pesadilla tanto para sus soldados como para el pueblo ucraniano. La diferencia (ojo, Trump con Irán) es que, pese al terrible sufrimiento, Ucrania nunca ha tenido más sentido de orgullo nacional. Y Rusia, cuyo propósito fue acabar con Ucrania como nación, no se ha visto tan humillada desde lo que Putin llamó “la catástrofe” de la disolución del imperio soviético al final de la guerra fría.

En Ucrania, democracia contra tiranía; en Irán, una teocracia salvaje contra un par de aspirantes a dictador

Encima, Rusia ha perdido, no ganado, soberanía. Tan grandiosa se quiere creer, pero ahora depende para el abastecimiento de la guerra de los chinos. La carta más fuerte que tiene para negociar una paz en la que pueda convencer a su gente –cada día más pobre– de que todo valió un poco la pena es el apoyo de su segundo mejor aliado, Estados Unidos, que ahora no tiene más remedio que olvidarse de Rusia y poner todo el foco en Irán.

Como parábola de la futilidad de la guerra, veamos los números en Ucrania. El frente ha permanecido casi estático durante los últimos tres años. En el 2025 las tropas rusas conquistaron 4.800 kilómetros cuadrados, un 0,8 por ciento del territorio ucraniano, una ridiculez en un país de 600.000 kilómetros cuadrados. Una ridiculez con un espantoso coste humano. El consenso general es que ha habido unas 100.000 muertes ucranianas, entre soldados y civiles, y tres veces más en las filas rusas. Ucrania dice que sus mutilados, niños incluidos, también rodean los 100.000. El total de bajas que ha producido la guerra, entre muertos y heridos, ronda los dos millones, dos tercios de ellos rusos.

El 80 por ciento de las víctimas hoy resultan de ataques con drones, el futuro de la guerra. Ucrania no es como la Segunda Guerra Mundial en la que las columnas blindadas abrían brechas y avanzaban 50 kilómetros en un día. Los campos de batalla están plagados de drones que todo lo ven. Dentro de la llamada zona de muerte, los soldados no se atreven a mover ni un dedo y los vehículos blindados son trampas mortales.

Los barcos de guerra, también. La Armada rusa no se atreve a salir de su escondite en el mar Negro. ¿Qué pasa ahora si un ataque sincronizado de drones iraníes hunde una nave militar de EE.UU. En el golfo Pérsico con cientos de marineros a bordo? La guerra rusa debería haber sido la guerra que acaba con todas las guerras, pero eso lo hemos oído antes, por ejemplo, de la boca del primer ministro británico Neville Chamberlain en 1938: “En la guerra, cualquiera que sea el bando que se proclame vencedor, no hay ganadores, sino que son todos perdedores”. Un año después comenzó la guerra que más muertes ha causado en la historia. Hoy, otra más, y otra. En Ucrania se trata de la defensa de la democracia contra la tiranía. En Irán, una teocracia salvaje contra un par de aspirantes a dictador, la cuestión moral no es tan blanco o negro. Es la guerra por la guerra y difícil evitar la sensación de que todos acabarán perdiendo.