
¿Boicotear el Mundial de EE.UU.?
La comedia humana
Como regla general me freno antes de acusar a alguien de racista. Es de esas palabras de contenido aparentemente serio, como fascista o comunista, que han perdido casi todo valor por la promiscua frivolidad con la que se utilizan. Pueden significar cualquier cosa, con lo cual acaban no significando nada.
Pero debo reconocer que a veces tal es el peso de las pruebas que no hay más remedio que admitir que racista es, en efecto, la palabra indicada. Y por eso me sumo a la corriente de opinión a favor de boicotear el Mundial de fútbol en Estados Unidos. O excluir a Estados Unidos y celebrar el campeonato en los otros dos países que la FIFA ha elegido como sedes este año, México y Canadá. Me explico.
Si hay una causa que el fútbol defiende es el rechazo al racismo, es decir, discriminar contra gente por el accidente genético del color de su piel. Lo constatamos una vez más esta semana con el revuelo que generó el supuesto abuso racial de un jugador blanco del Benfica a un jugador negro del Real Madrid. Vinícius Júnior dice que Gianluca Prestianni le gritó mono durante un partido de Champions. Una de las pocas cosas en las que podemos estar todos de acuerdo en esta época de posverdad, creo, es que llamar mono a una persona negra es racista.

Bien. La UEFA ha montado una investigación, y le podría caer una sanción gorda a Prestianni, un argentino de 20 años. Su carrera profesional pende de un hilo.
Pasemos ahora a Estados Unidos, donde el Gobierno ni siquiera tiene la cortesía, el mínimo buen gusto, de disimular su racismo o avergonzarse de él. Veamos la actitud de EE.UU. Hacia el país que, más que cualquier otro, se ha definido como el estandarte de la lucha contra el racismo, Sudáfrica. Y, ya que estamos, la actitud hacia África en general. Cuatro pruebas.
Primero, los únicos refugiados del mundo a los que el Gobierno da la bienvenida incondicional son los bóers sudafricanos, también conocidos como afrikáners. Suelen estar exageradamente bien nutridos (los conozco bien) y pertenecen al grupo racial blanco que impuso el apartheid, conocido en su día por la ONU como “un crimen contra la humanidad”.
Segundo, EE.UU. Niega la entrada a su país a los africanos negros por más desnutridos que estén, o por más que corran ellos y sus familias inminente peligro de muerte, por ejemplo, en la guerra más atroz del mundo, la de Sudán, cuyo bando más sanguinario, cruel y descaradamente racista recibe apoyo militar de los Emiratos Árabes Unidos, país que ha dado regalos multimillonarios a Donald Trump.
Estados Unidos niega la entrada a los africanos negros, y el ICE va a la caza diaria de negros y morenos
Tercero, como me enteré leyendo La Vanguardia esta semana, el nuevo embajador estadounidense en Sudáfrica, aprobado por Trump, es un tipejo con aspecto de bóer caricaturesco llamado Leo Brent Bozell III. Bozell III adoptó como suya la antigua postura de la derecha blanca más radical sudafricana al ningunear a Nelson Mandela, incluso tras su muerte, y acusar al movimiento que lideró de terrorista. O sea, Mandela, premio Nobel de la Paz, fue un terrorista también según este diplomático, muy católico, él, por cierto.
Cuarto, la infinidad de casos de racismo del Gobierno de Trump, vistos todos los días con las cazas de negros y morenos que lleva a cabo la SS estadounidense, el ICE, pero elevadas a su extremo más animal por el propio Trump en aquella publicación en su red personal, Truth Social, que retrató a Barack y Michelle Obama como, sí señor, un par de monos.
Puede que la investigación contra el pibe Prestianni concluya que sí lanzó un insulto racista a Vinícius y que pague por ello un alto precio. O puede que no. Lo que no admite discusión es que Trump lanzó un insulto racista contra los Obama, pero… ¿investigación?, ¿precio que pagar? Nada de nada.
La reacción de Trump si México y Canadá organizan
Bienvenidos a la nueva normalidad en Estados Unidos, donde todo vale. En el resto del mundo, aún no. Pasemos un momento al caso Epstein. Las monarquías británica y noruega, y un famoso político británico, están pagando caras las consecuencias de sus vínculos con el pedófilo neoyorquino. Trump, que aparece en los archivos del susodicho un millón de veces, se queda tan ancho.
Ahora, de vuelta al racismo, imagínense que un líder de gobierno europeo hubiese colocado en una red social imágenes simiescas de un político opositor negro, que, por ejemplo, el primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, lo hubiera hecho con la líder negra del Partido Conservador, Kemi Badenoch. El clamor sería irresistible. Fuera. Dimisión. A la calle. ¿Por qué? Porque en el mundo civilizado aún existe el concepto moral del escándalo.
Para demostrarlo, en defensa del valor universal del rechazo al racismo, ha llegado la hora de que el resto del mundo se una, declare basta ya y niegue a Trump la juerga que tanta ilusión le hace y que, por supuesto, piensa utilizar con su habitual desfachatez para su mayor gloria, prestigio y riqueza personal. A boicotear, pues, el Mundial de Estados Unidos. No lo tenía tan claro, pero ahora, sí.
¿Que las federaciones de fútbol y los canales de televisión se opondrán porque perderán dinero? No tanto. Quizá nada, si se hace la doble jugada de limitar el torneo a México y Canadá. Y además, ¡qué sabrosísima patada en el culo al rey naranja! Los dos países vecinos de EE.UU. Son víctimas constantes de sus insultos, sanciones y pataletas. A ver cómo se pone el niño si ve que son ellos, no él, los anfitriones de la fiesta más grande del planeta.
Una patada, de paso, al presidente de la FIFA, Giovanni Infantino, sería un premio más que merecido. Él es el que acaba de proponer que se suspenda el castigo impuesto a Rusia de excluir su participación en torneos internacionales tras la invasión de Ucrania del 2022. Explicó que la sanción a Rusia “no había logrado nada” y que “solo había creado más frustración y odio”.
Otra imbecilidad más del Cretino Infantino, pero boicotear el Mundial de Estados Unidos sí lograría algo. Mandaría un mensaje de una aplastante fuerza moral a un presidente completamente amoral, que ya tiene valor en sí, y alertaría a los votantes americanos del desprecio global que su elección de presidente ha generado. Frustración global, también, sí. Pero, ante todo, que el mundo declare alto y claro su odio por una figura que define con precisión absoluta el significado de la palabra racista.
