Opinión

Cinco horas con Carmen

No es lo mismo decir “el niño no me come” que “el niño no come”. Lo primero expresa una preocupación íntima de anhelo casi caníbal. Es una cumbre del idioma. Lo segundo, tan solo una afirmación neutra. No hay pathos ahí.

   
   David Fernández / Efe

La diferencia está en el llamado dativo ético, un capricho de la sintaxis que incorporan algunas lenguas romances y que permite alterar una frase añadiendo un pequeño pronombre innecesario pero poderoso. Tampoco es lo mismo decir “no te pongas chulo” que “no te me pongas chulo”.

La mujer de Tejero no dudaba en decir: “Solo le pido a Dios que estés en la prisión toda la vida”

Los papeles desclasificados del 23-F nos han dejado un puñado de fantásticos ejemplos de dativo ético en boca de Carmen Díez Pereira, la mujer de Antonio Tejero. “Me lo han dejao tirao como una colilla. Me lo han dejao solo, me lo han engañao”, se lamentaba Díez Pereira, y ese triple posesivo, que la ata sin remedio al militar golpista y padre de sus seis hijos, no le impide en absoluto llamar al marido “tonto”, “desgraciao”, “vergonzoso”, “indigno” y “gilipuertas” sucesivamente. Como buena hablante enfática, Díez Pereira intuía que todo deseo tiene mucho más empaque si uno implica al Altísimo y no duda en decirle al ostinao de su marido: “Solo le pido a Dios que estés en la prisión toda la vida”. Que te diga eso tu pareja tiene que doler, aunque no tanto como esto: “Tu padre va a asumir toda la responsabilidad, como siempre”. En esas dos últimas palabras cabe una novela entera.

Es normal que de todos los documentos que se han conocido los que hayan llegado a meme y chascarrillo sean estos. Porque el aturdido consumidor de información, reducido a scroller atónito –en un post te empieza una guerra, en el siguiente puedes opinar sobre la nueva cara de Demi Moore– tiende a buscar el alivio cómico. Pero también porque todos hemos reconocido a esta Carmen. Se ha dicho que sus frases componen un capítulo extra de Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, con esa mujer hastiada que incordia a su marido hasta después de muerto. En mi cabeza, Carmen tiene la voz de Chus Lampreave, y muchos han reconocido en ellas el habla de sus tías y abuelas, con esa facilidad para cimbrear entre la tragedia y el sainete en el mismo sintagma. “Si yo pudiera volverte a parir –dice Carmen en otro momento a uno de sus hijos–, ningún hijo mío sería militar”.